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Foto extraída de mi Flickr
Hace poco escribía de lo complejo que resulta enfrentarse a la segunda novela tras una ópera prima de éxito, pero ahora comprendo que debe ser mucho más duro afrontar el repentino éxito tras una discreta carrera literaria. Que de repente todo el mundo se fije en ti, que habías perdido la esperanza de que lo hicieran, tiene que resultar abrumador.
Todo eso está en esta obra, en esta reflexión sobre el éxito y la culpabilidad; sobre el éxito y la culpabilidad de Cercas o de otro parecido a Cercas. Porque nadie como Cercas (al menos, nadie que yo conozca) es capaz de caminar en elegante equilibro por ese finísimo alambre que separa la realidad de la ficción.
Efectivamente, La velocidad de la luz consigue que pensemos que el propio Cercas es quien está en Urbana, quien conoce a Rodney, quien escribe un libro exitoso sobre la Guerra Civil y que, llegado el momento -unos antes; otros después-, pensemos que es quien está escribiendo el libro que estamos leyendo.
Me fascina la capacidad envolvente de esa característica prosa de constantes repeticiones, que muchos aborrecen pero que a mí me da la sensación de ser una prosa necesaria para los libros de Cercas. Un estilo, el de Cercas, que consigue una enorme facilidad de lectura.
Para acabar, me refiero al final del libro: es el mejor final que recuerdo en mucho tiempo (en muchos libros). Un final que cierra y completa el círculo de la novela, un final que acaba así.
Gracias al Kindle (y a una carpeta que he creado denominada "acabados") he podido llevar a cabo una vieja aspiración: recordar los libros que leo durante un año -al menos en formato digital-. La lista de los leídos o releídos en formato digital -temas académicos aparte- es la siguiente:
2. Barreau, Jean-Claude y Bigot, Guillaume: Toda la historia del mundo
3. Baudrillard, Jean: La sociedad de consumo
4. Beevor, Antony: El Día D
5. Binet, Laurent: HHhH
6. Bloom, Harold: Cómo leer y por qué
7. Camacho, Santiago: Biografía no autorizada del Vaticano
8. Camba, Julio: La rana viajera
9. Cercas, Javier: Anatomía de un instante
10. Chaves-Nogales, Manuel: A Sangre y fuego
11. Dueñas, María: El tiempo entre costuras
12. Dueñas, María: Misión Olvido
13. Espinosa, Albert: El mundo amarillo
14. Fukuyama, Francis: El fin de la Historia
15. Gaarder, Jostein: El mundo de Sofía
16. Gómez-Jurado, Juan: Espía de Dios
17. Houellebecq, Michel: Las partículas elementales
18. Isaacson, Walter: Steve Jobs
19. Kepler, Lars: El hipnotista
20. Krakauer, Jon: Mal de altura
21. Luca de Tena, Torcuato: Los renglones torcidos de Dios
22. Muñoz Molina, Antonio: En ausencia de Blanca
23. Murakami, Haruki: 1Q84 (Libro 3)
24. Niño Becerra, Santiago: El crash de 2010
25. Nesbo, Jo: El redentor
26. Nesbo, Jo: La estrella del diablo
27. Nesbo, Jo: Nemesis
28. Nesbo, Jo: Petirrojo
29. Ortega y Gasset, José: La rebelión de las masas
30. Pérez-Reverte: El tango de la Guardia Vieja
31. Pérez-Reverte, Arturo: Ojos Azules
32. Pynchon, Thomas: La subasta del lote 49
33. Sensato, Raúl: Héroes del Silencio, un fenómeno contado en primera persona
34. Urbano, Pilar: El precio del trono
35. Trapiello, Andrés: La tinta simpática
36. Trueba, David: Saber perder
37. Zweig, Stefan: Novela de ajedrez
Hasta he realizado una infografía -que tan de moda están- con algunos comentarios:
(Foto: El Cultural)
De todos los cientos de relatos o novelas que se han escrito de la guerra civil acaso ninguno puede compararse a A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. A su lado muchas de las páginas de tantos otros —Foxá, Max Aub, Neville, Baroja, Borrás, Petere, Barea— parecen oscurecerse faltas de nervio o sobradas de retórica guerrera. Ni han contado lo que él contó ni lo contaron de la misma manera.
La memoria suele ser tan fascinante como cruel. Escuchar cierta canción tras mucho tiempo o reconocer a lo lejos, sin ser visto, a alguien que fue importante en tu vida, son complejos, crueles y fascinantes ejercicios a los que nos cuesta enfrentarnos. Sucede algo parecido, por ejemplo, al enfrentarse con un libro, ese compañero con el que pasamos muchas horas y construimos una relación de complicidad pocas veces igualada (esa mujer que vemos a lo lejos y que no nos ve, acaso lo fue).
Tras muchos años releo a Chaves Nogales y, además de la crueldad y la fascinación provocada por la memoria, percibo que el libro ha cambiado. Sigue siendo lo mejor que yo —al igual que le sucede a Trapiello— haya leído nunca sobre la Guerra, pero entonces eran un conjunto de relatos que ahora, sin embargo, se han transformado en un ensayo. Entonces no leía ensayos; sólo novelas. Y así me iba. Porque yo creía que me iba bien, pero me equivocaba.
Durante aquellos años uno leía porque tenía que aparentar, que es lo que principalmente se hace en la adolescencia, que cada vez acaba más tarde. En esas edades se aparenta saber más de lo que en realidad se sabe y se aparenta conocer la vida cuando se desconoce. Alguien me dijo que yo no tuve adolescencia y creo que tenía razón (siempre tenía razón, la verdad).
Y allí estaba yo, pues, tumbado en mi cama y leyendo la mayoría de novelas españolas sobre la Guerra Civil. Mi abuelo apenas me había contado nada de la misma y me sumergí en la ficción —como tantas veces— tratando de encontrar en ella lo que no había querido buscar en la realidad. Busqué la penosa vida de los maquis en Luna de Lobos de Llamazares, encontré la extraordinaria historia de aquel soldado que bailaba Suspiros de España agarrado al fusil y que salvó a Sánchez Mazas en Soldados de Salamina de Cercas, y tropecé (que ni es búsqueda ni encuentro) con un tal Chaves Nogales, que acababa de ser reeditado. Imposible olvidarme de personajes como Bigornia o de aquel hombrín, comisionado de Patrimonio. Lo que ocurre ahora es que comprendo mejor lo que quería decir el autor.
Para mí A Sangre y Fuego son ahora nueve breves ensayos sobre la barbarie de una guerra civil que, al tratarse de una guerra civil entre españoles, es mucha más guerra civil aún. Ese odio atávico que posee el español en sus entrañas se multiplica hasta el infinito cuando se trata de matar y de morir. Fue en ese año 2001 de la reedición cuando Arcadi Espada escribió un brillante alegato en el que se lamentaba del olvido al que había sido sometido el escritor sevillano:
Chaves es hoy un olvidado porque su escritura no tiene un color propio, sino solamente el color de lo que toca, y en el canon literario español esa característica conduce directamente al limbo.
El motivo del olvido de Chaves Nogales era evidente: no tenía un bando que le reivindicara. Fue un tipo íntegro hasta para eso. Después de aquel encuentro con aquel tipo íntegro, yo continué y continúo leyendo sobre la Guerra a contemporáneos y a clásicos —y añadiendo desde hace años ensayos a la ficción—, pero con el mismo objetivo de intentar hallar respuestas; respuestas sobre la condición humana que nadie ha sabido contestar como Chaves Nogales.
Me gritabas: todo pronto irá mejor, pero escribe otra canción que tal vez nos describa mejor
Manejaba mi mundo del revés; nunca me vestía por los pies y pensaba en cambiarme de planeta un día de estos
Tú ya no pasas por allí, ya no lloras al decir que esto no funciona por mi culpa
Ya no soy quien querías tú que fuera
Ya no soy el que espera y desespera
Tengo un arco iris sin color y tu carta en el cajón que algún día lograré descifrar
Para qué nos sirve fracasar si los días son tan largos que las noches no merecen ya la pena
Por favor, salid antes de entrar, que mi cuerpo no soporta ni un minuto la condena
Ya no soy quien querías tú que fuera
Ya no soy el que espera y desespera
De mi abuelo recuerdo especialmente tres imágenes, como si fueran las fotografías de un álbum. En la primera, él se encuentra sobre cama fumando un Ducados (era lo primero que hacía cada día). En otra, le veo durante una comida familiar, cortando queso, muy despacio, casi milimétricamente. También viene a mi memoria, por último, su figura en un sillón del salón -su sillón- fumando mientras escuchaba en un viejo transistor el Carrusel Deportivo.
A mi abuelo le apasionaba el fútbol. Quizá hubiera sido un gran entrenador. Cuando yo era niño los domingos me llevaba al Antonio Amilivia -ya desaparecido- para ver a la Cultural. Me decía, con el puro en la boca, que no me fijara en quién llevaba la pelota sino en cómo se movían los que tenía cerca. De la Guerra Civil solamente me contó dos cosas: que había sido chófer en la Batalla del Ebro y que una vez jugaron un partido de fútbol contra los oficiales y le paró un penalti al Capitán.
Cuando había un partido importante siempre iba a su casa a verlo. Se tenía que situar a poco más de un metro de la pantalla porque casi no podía ver. (Le habían operado varias veces y nunca supe lo que era capaz de distinguir).
La noche del 17 de noviembre de 1993 los dos estábamos frente al televisor para vibrar con un vital España-Dinamarca. Si España ganaba, jugaría el Mundial de Estados Unidos. Mi abuelo me había cantado la alineación de carrerilla nada más que me oyó entrar por la puerta: Zubi, Ferrer, Alkorta, Nadal, Giner, Camarasa, Hierro, Bakero, Goikoetxea; Luis Enrique y Salinas. (También era capaz de citar, entre otras muchas, la alineación de la Cultural durante la única temporada que jugó en Primera). Inmediatamente añadió que el portero danés Meikel -refiriéndose a Peter Shmeichel- era muy bueno, y que el hermano de Laudrup también. Durante un rato estuvimos discutiendo sobre Javi Clemente. Para mi abuelo -que, por cierto, era hincha del Bilbao- el de Baracaldo era un mediocre entrenador. A la selección, decía, tienen que ir Fran, el del Coruña, y Míchel. Yo le respondí que España no tenía gente suficiente para jugar al toque y que creía que Clemente lo estaba haciendo bien.
El partido comenzó y pronto expulsaron a Zubizarreta. Mi abuelo me preguntó:
-¿Quién entra de portero? -supongo que apenas veía nada en la pantalla.
-Cañizares.
Mi abuelo, que no se perdía ni los partidos del Celta -con todo el respeto para el Celta- me dijo que estuviera tranquilo, que aquel chico era el mejor portero de España (Cañizares había sido Trofeo Zamora la temporada anterior). Luego todos sabemos lo que ocurrió: Cañizares hizo una serie de paradas increíbles y Fernando Hierro anotó de cabeza el definitivo 1-0 al gran Peter Meikel.
Al terminar el partido, mi abuelo y yo nos abrazamos como hacíamos en el antiguo Amilivia cuando yo todavía era niño -y él todavía no era viejo- y marcaba la Cultural.
Pocos meses después mi abuelo falleció. Nunca me acuerdo de la fecha de su defunción, pues yo prefiero recordarle los 17 de noviembre, la fecha de aquel último abrazo que nos dimos.
*Texto ligeramente modificado de mi antiguo blog.
La foto es de El País
Tal vez no somos más que una vida escrita con tinta simpática, entre renglones que todos pueden ver, hasta que un día la llama que creíamos extinguida va sacando datos, fechas, intenciones, afectos que nadie, ni nosotros mismos, sospechaba. Pero para entonces es siempre demasiado tarde. Porque la misma llama que saca a la luz nuestro vivir secreto, va quemando, destruyendo, lo que habíamos escrito hasta entonces a los ojos de todos.
Hace días escribía algunas líneas sobre la ansiedad que genera la segunda obra tras una opera prima exitosa. Al respecto, tenía la equivocada idea de que la primera novela de Trapiello había sido El buque fantasma y no ésta, pues El buque es una narración sobre juventud, de descubrimientos, con tintes biográficos y, sin embargo, La tinta se trata de una novela de madurez, de recuerdos. La paradoja es, efectivamente, que la novela de madurez es la primera y la de juventud fue la segunda.
De las novelas de Trapiello también leí Los Amigos del Crimen Perfecto, Premio Nadal en 2003, pero no sé si fue antes o después de El buque. De lo que no tengo ninguna duda es que de las tres me quedo con ésta, con la que tiene por protagonista a ese viejo pintor llamado Corso.
Es la mirada melancólica la que da coherencia a la obra (la vejez supongo que es lo que tiene). Inmediatamente me viene a la mente, por temática y localización italiana, La sonrisa etrusca de Sampedro. Sin embargo aquella era una melancolía que devenía en optimismo; pero aquí, al contrario, tenemos delante una melancolía eterna, que impregna toda la obra. Tal vez deberíamos leer estas novelas cuando somos jóvenes para aprender de la senectud y dejar las que tradicionalmente han sido consideradas para adolescentes para la vejez. Puede que no haya novela más novela que El Quijote y no haya viejo más joven que Alonso Quijano.
La excusa de la obra, lo que podríamos llamar "el caso del cuadro del jardín", nos conduce por una Roma de mujeres ambiciosas y hombres egoístas, una vieja ciudad de viejos palacios habitados por viejos nobles. Y cuando la narración parece que comienza a estancarse se produce un brillante giro en el argumento (del que, por supuesto -norma de la casa-, no hablaremos aquí).
¿Es Trapiello uno de los mejores novelistas de España? No. ¿Es Trapiello uno de los mejores escritores de España? Sí. Su Salón de los pasos perdidos, su Las armas y las letras, son ya referentes en la literatura española contemporánea; mucho más que sus novelas que, siendo buenas, no alcanzan ese sobresaliente nivel.
Probablemente sea Andrés Trapiello el menos leonés de los escritores leoneses, mucho menos leonés, por ejemplo, que su hermano Pedro, que es un escritor muy de cuento y de narración oral, de filandón.
Cuando le entregaron el Premio Castilla y León de las Letras, el profesor Miñambres dijo:
¿Por qué se le ha concedido el Premio Castilla y León de las Letras a Andrés Trapiello? Desde mi punto de vista, y entre otras cosas, porque es un hombre que ha dominado todos los géneros.
(Bueno, quizás no todos, puesto que yo no le conozco obra teatral).
Por eso, creo que leer sus novelas -y concretamente ésta- puede ser un buen punto de partida para introducirse en su obra. La obra de un hombre que domina todos los géneros (blogs incluidos).
Para realizar un completo recorrido por la capital portuguesa distinguiría cuatro partes (que realmente son cinco) de la ciudad.
1. Centro (Baixa y Alta):
La configuración urbana de casi todas las ciudades portuguesas es la siguiente: por un lado se halla una parte baja, más comercial, y por otro, en lo más alto, se encuentra el castillo defensivo.
Debemos tener en cuenta que Lisboa fue completamente arrasada por un devastador terremoto en 1755, que mató a 100.000 personas y se llegó a notar hasta en el norte de España. Posteriormente el Marqués de Pombal reconstruyó la ciudad siguiendo los parámetros ilustrados, diseñando una nueva Baixa, con calles regulares y amplias, como la emblemática Rua Augusta. Allí está O Terreiro do Paço (Plaza del Comercio), una maravillosa plaza a la que se accede por un simbólico arco del triunfo, y un poco más allá (andando) se puede uno acercar al Cais Do Sodré, estación ferroviaria en la ribera con pequeños muelles donde nos podemos sentar en una terraza para disfrutar de las majestuosa vista del Tajo. En esa Baixa podemos visitar también la hermosa Plaza del Rossio, donde siempre hay ambiente, con el Teatro Nacional, el famoso Café Nicola y la impresionante Estación de Rossio de estilo neomanuelino.
Al lado está la Praça da Figueira, en la que se coge el mítico tranvía 28, que sube al Castillo de San Jorge. Cerca de allí está la llamativa Casa Do Alentejo, donde se come muy bien, especialmente la carne de cerdo a la alentejana.
Para pasar de la Baixa a la Alta se puede hacer caminando por el Chiado, barrio que se incendió a finales de los 80 y que fue reconstruido por el arquitecto portugués más destacado: Siza Vieira. Allí se encuentra el conocido y casi obligatorio café A Brasileira (el excelente café portugués proviene de ser la metrópoli de Brasil), donde iban los intelectuales, como Pessoa, representado en una estatua. También se deben visitar las ruinas de la Iglesia do Carmo, y al lado se puede coger el famoso elevador de Santa Justa, modernista y de hierro, un enorme avance de la escuela de Eiffel, que sirvió para comunicar la Baixa y la Alta. También está aquí la Cervejaria Trinidade, en un convento destrozado por el terremoto y repleto de bellos azulejos (probablemente la manifestación artística más original del país).
El Bairro Alto es el lugar donde hay ambiente más joven. Allí se encuentran algunas de las tiendas —lojas— más modernas de la ciudad y hay fiesta por la noche en sus bares (la otra opción son las Docas —muelles— pero es más discotequero). No nos podemos perder, por supuesto, las casas de fado y conocer un curioso pub llamado Pabellón Chinés.
Lisboa fue una plaza conquistada por los musulmanes. De ahí el nombre del Castillo de los Moros y del barrio árabe de Alfama (Aljama) con sus calles estrechas. Tal vez Alfama sea la zona que mejor exprese ese encanto decadente que define la ciudad. Allí está Chapito, uno de mis lugares preferidos, una especie de bar-academia de circo (donde recomiendo tomar una "samosa" con una caña) y también la Catedral-Sé, que como casi todas las de Portugal tienen un aspecto de castillo con sus remates en almenas. Desde todos estos lugares se pueden contemplar excelentes vistas de la ciudad y de esa desembocadura del Tajo, cuyos reflejos confieren a Lisboa una luz particular.
2. Belem:
Patrimonio de la Humanidad. Se puede ir en metro o tren. Está a un par de kilómetros del Terreiro do Paço. Portugal fue la potencia marítima más importante hasta que España descubrió América (de hecho, Colón acudió antes a pedir apoyo a los reyes portugueses que a los Reyes Católicos, pero Portugal había conseguido doblar el Cabo de Buena Esperanza para ir a las Indias por África, así que no les interesó el proyecto). En Belem se encuentra la Torre defensiva de estilo Manuelino (estilo artístico original del país) y el también manuelino Monasterio de los Jerónimos, edificado en honor a Vasco da Gama (que se encuentra allí enterrado, junto a varios reyes). De Belem son famosos, por otro lado, los sabrosos pasteles del mismo nombre, originales de una repostería que hay allí (aunque se pueden encontrar por todos lados). Allí también está el Monumento a los Descubridores, testigo del glorioso pasado naval del país.
3. Parque de las Naciones:
Recinto de la Expo Universal del 98 junto a la ribera del Tajo y presidido por el excepcional Puente Vasco da Gama de 17 kilómetros de lonjitud. La estación de Oriente es de Calatrava (con sus aciertos y sus errores). Son enormes espacios compuestos por grandes ejemplos de arquitectura contemporánea, como el espectacular Oceanario, el Pabellón de Portugal del ya citado Siza Vieira o el Pabellón Atlántico.
4. La otra orilla del Tajo:
Preciosas vistas de la ciudad. Recomendable. Desde O Terreiro do Paço (frente al gobierno de Portugal) o desde Cais do Sodre (un poco más adelante) se pilla barco para cruzar el Tajo y muy barato.
*Publicado originalmente en otro blog hace unos años (así se comprende que esté tan mal escrito).
Por un lado tenemos a los turistas, sujetos, cuyo paradigma hispano suele ser el jubilado, con una formación intelectual media. Por otra parte se halla el objeto, el monumento, necesitado de comprensión, de textos y de contextos, pero que se encuentra más a merced de unas explicaciones de leyendas y mitos que de su idiosincrasia.
El Dr. Senabre López, aún reconociendo lo que de provocadoras pudieran tener sus preguntas, ya puso la picota al asunto en un artículo de 2007:
¿Por qué consideramos culto el hecho, sin más, de viajar visitando series interminables de lugares y monumentos? ¿No falta en ese a priori un elemento esencial? ¿No sería mejor empezar analizando cuál es el nivel de formación educativa, de aprendizaje y reflexión, de poso de cada uno cuando viaja? ¿La humanidad que viaja y consume aquello que se define como «turismo cultural» es más culta después? ¿Dónde queda relegado el significado de Cultura? ¿Con qué pretensiones?
Probablemente hoy Ortega dedicaría un capítulo al respecto de las masas en turismo (aún no habían aparecido):
El hombre masa es el señorito satisfecho, el niño mimado de la historia y como tal no la respeta. Confunde libertad con libertinaje (...)
He ahí el problema del turismo cultural, que realmente se ha convertido también, como el otro (como del que escapaba), en un turismo de masas; o mejor: en un turismo cultural de masas. Y la masa no entiende de textos ni de contextos. La masa, en cambio, se alimenta en la superficie, aunque -debemos reconocerlo también- mejor eso que morir de hambre.
Combinar turismo, cultura y masa: el gran reto; la solución: calidad.
Sísifo
Autor:Tiziano
Fecha:1548/49
Museo:Museo del Prado
Características:237 x 216 cm.
Material:Oleo sobre lienzo
Falcao, a pesar de que al parecer lloró en el Punto Pelota, tiene que jugar la próxima temporada en un Real Madrid que el pasado domingo viajó hasta Mallorca. Para los blancos, la isla tiene poco de aquella que cantaban Los Tres Sudamericanos y mucho de aquella de Lost, aunque ya no esté ese terrible humo negro que era Samuel Eto'o. Mou, por supuesto, sería Sawyer porque el papel del buenazo, heroico y melifluo Jack se lo otorgaron hace tiempo a Iker Xavillas.
En la portada de la revista del corazón que regalan con El Diario de León los domingos ponía que Sergio Ramos ya había presentado a Pilar Rubio a sus padres. Tal notición quizás también saliera en la prensa deportiva, que ya es lo mismo que la rosa, o más rosa aún que la propia rosa. Pero todavía hubo otra presentación (más trascendente si cabe para el Madrid que aquella de Cristiano hace un par de años ante un Bernabéu enfervorizado de latinos y adolescentes, sin socios burgueses -probablemente de vacaciones en Marbella o en la propia Mallorca- o aburguesados): Los Casillas-Carbonero y Los Ramos-Rubio. PELIGRO.
Todo un Real Madrid en la Isla Mayor y el estadio, que antes se llamaba Son Moix y que ahora se llama Iberostar (y que el año pasado o hace dos se llamaba Ono), presentaba un aspecto desolador.
Dice el Almanaque al respecto:
Como viene siendo habitual en la Liga el estadio no estaba lleno porque los precios se mantienen altos mientras diversos estratos sociales se precipitan al vacío, de tal manera que son relativamente pocos los privilegiados que pueden permitirse odiar en directo, y menos aún odiar en directo al Real Madrid de Cristiano y Mourinho, la muleta a abominar más elaborada y memorable de la sociedad del espectáculo del bipartidismo español.
Pipita abrió pronto la caja de la ensaimada caparrosiana tras un error de la defensa. Fue entonces cuando Santiago Segurola comparó al argentino con Sísifo:
Higuaín es una especie de Sísifo del fútbol. Por muchos goles que logre, por importantes que sean, por eficaz que haya sido su producción en cada uno de sus seis años en el Real Madrid, comienza cada temporada como si fuera un novato. Bastan dos o tres partidos discretos para obligarle a demostrar lo que ya ha mostrado repetidamente.
Pero se le olvidó decir al antaño prestigioso periodista que la condena a Sísifo estaba más que justificada. El propio Segurola, utilizando la terminología de moda, diría que Sísifo no tenía señorío. Pseudosísifo, más bien. Y es que, hasta hace unos años cuando servidor escuchaba "señorío", se remitía solamente a significados historiográficos. Medievales, sobre todo; hoy, por desgracia, la primera acepción en mi diccionario me conduce al fútbol.
El Madrid no tiene señorío, eso ya lo sabemos, pero al de Madeira le pitaron desde el primer balón que tocó. Cuenta la verdad o la leyenda que Di Stéfano le hizo a los sevillistas que le silbaban el gesto de dirigirles la orquesta. Luego una buena jugada: Ozil, Di María, Pseudosísifo y Cristiano, que la empaló hacia el fondo de la red. El angelito lleva 164 goles en 158 partidos de blanco. Más pitos, ese portugués qué hijo puta es y Cristiano maricón. Cristiano respondiendo a la grada como respondía Don Alfredo en Sevilla cuando aún no se había inventado lo del señorío. Al final 0-5 en medio de ese deporte nacional que es pitar al Real Madrid: Míchel, Guti, Cristiano, maricones todos.
La bellísima foto es de J. F. Salvadores
Ayer, el periodista leonés Fulgencio Fernández le hizo un reportaje al mítico 'Grillo' de Casetas. Luego busqué en Google "Las Casetas de Oceja", que es como realmente se llama aquel lugar.
Para mi sorpresa (quizás por eso que llaman caché), la primera entrada pertenecía a un blog que escribí durante un tiempo y que había olvidado totalmente porque corresponde a una época a la que me cuesta regresar y no quiero recordar. Una bitácora (entonces también se llamaban así) que, por esas cosas inexplicables del destino, tenía por nombre: Víspera de resplandores. Bueno, por esas cosas inexplicables del destino y porque era el título de una hermosa canción de los Héroes del Silencio.
La segunda entrada que apareció en el buscador fue la de otro buen periodista leonés, más joven, Emilio Gancedo. Muy interesante, también. Y también dedicada a 'El Grillo', como la de Fulgencio. Pero también llama Casetas a ese lugar realmente llamado Las Casetas de Oceja, un lugar terrible para mi universo porque allí se mató mi abuelo en 1954. Uno de 'Los 14'.
Hace unos diez años cociné una tortilla de patata siguiendo los consejos de mi abuela. Para sorpresa de todos, comenzando por el que escribe, me quedó espectacular. Fue la primera pero también la última. Y es que el intento de satisfacer las enormes expectativas generadas después de una fabulosa opera prima provoca mucha ansiedad. Orson Welles jamás lo logró con Ciudadano Kane y María Dueñas tampoco lo consigue ahora (era una compleja misión...), pero sería injusto afirmar que no ha escrito una buena novela. Al menos ellos fueron capaces de superar el miedo escénico; me temo que mi segunda tortilla tardará tiempo en ser cocinada.
Pero regresemos a la Misión Olvido. El propio título de la obra la define perfectamente. Un título que aparenta superficialidad comercial pero que encierra algo más complejo e interesante. Efectivamente, al comienzo la obra da la impresión de que va a transitar por el fácil sendero del best seller (ahora están de moda los destinados a mujeres) y que va a vivir de las rentas de El tiempo entre costuras. Nada más lejos de la realidad. Ante nosotros se presenta una estructura en modo alguno simple, un relato en tres planos de los tres personajes destacados: el viejo profesor Andrés Fontana, el carismático Daniel Carter y la protagonista Blanca Perea -que tampoco llega a superar a la ya mítica Sira Quiroga- con el nexo común del estudio de la literatura española y el exilio. Siempre es grato reencontrarse con tipos como el gran Américo Castro.
Estamos ante una novela de segundas oportunidades. Algo tópico sí que es, reconozcámoslo, pero la esperanza en estos tiempos difíciles nunca está de más. Por otro lado, no deja de resultar curioso que quien esto escribe tenga en su cajón un borrador, a la espera de ser terminado, de una que se llama Todas las oportunidades son las últimas. (Ojalá que nadie me quite el título, cuya maternidad, por cierto, no es mía, aunque como aquí no entra nadie es improbable que alguien se entere). Y es que a mí me dijeron que la última oportunidad era, efectivamente, la última. María Dueñas viene a demostrar aquí lo contrario.
Pienso que la facilidad de María Dueñas para recrear el pasado es lo más destacado de su narrativa. La reconstrucción que hizo del Marruecos español fue sublime. Inevitablemente debo repetirme: ni Misión Olvido es El tiempo entre costuras, ni Blanca Perea es Sira Quiroga, ni la California Hispana es el Marruecos español. En su defensa se debe exponer que a la autora tal vez no le interese profundizar en esa reconstrucción californiana. Un gran error, pues el tema parece muy atractivo. ¿Por qué, María, por qué? Es más, en Misión Olvido ese regreso al pasado dueñiano -si se me permite tal expresión- se centra, quizás tirando demasiado del estereotipo, en aquella España y aquel Madrid de los años cincuenta que comienza a revivir tras la guerra y sobre todo en la Cartagena (ciudad donde reside la autora) de la base militar americana.
Resumiendo: ¡Más California y menos España!, rezaría la pancarta que yo mostraría como protesta a María Dueñas si su novela fuera mala, que no es el caso, porque esta novelista -definitivamente consolidada- propietaria de un particular estilo evocador y de una prosa que envuelve, ha superado con creces la prueba de fuego de todo creador: la segunda obra.
Algo que yo no he logrado con mi tortilla.
Magistral síntesis del siglo XX español y prólogo de la nueva centuria en la que el autor reflexiona sobre la descarnada realidad del país a través de dos personajes -ya inolvidables en nuestra literatura contemporánea.
Apoyándose en modelos quijotescos, Don Piru representa (como Sancho) la experiencia y la cultura popular. Es un tipo que observa la inexorable decadencia del mundo rural, un individuo que debe sobrevivir en un entorno cada día más extraño para él. Don Pablo, sin embargo, es el arquetipo de la ignorancia juvenil, en la que destaca la falta de valores.
España es la enfermedad del joven, lastrada por un incapaz viejo. Incapacidad de la que Don Piru no es tan culpable como el entorno del que no ha sido capaz de escapar.
A mitad de la obra Don Piru realiza un brillante excursus sobre las relaciones de pareja, concluyendo en la negación de toda posibilidad de amistad con el sexo opuesto. Piru advierte que únicamente existe deseo y procreación. Él ha padecido en sus carnes la amargura de la derrota en todas sus vertientes (académica, laboral, familiar) pero nada le ha producido mayor desazón que el fracaso sentimental. Acaba por reconocer que llora en soledad, siendo este su único lamento, pues en el resto de la obra habla del mundo pero no se queja porque el victimismo no va con él. Los supervivientes no lo son. Don Pablo acaba muriendo víctima de esa vida al límite que ha llevado y Don Piru acaba narrando desde la barra de uno de sus bares preferidos cómo encontró al joven y se lo tuvo que decir a su madre. Luego se va a este bar desde el que habla y se toma una copa a su salud. Otra más.
Cadáver. Plañideras
Causa y consecuencia
Hola y adiós
Tú y yo
Embriagado, como decías, descubrí mi alma conservada en formol
Entre caníbales, como decía Cerati, te tomaste el tiempo en desmenuzarme
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