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A lo desconocido uno siempre se enfrenta con ciertas reservas y, cuando alcanza lo inhóspito, debe tomar las precauciones necesarias. Por este motivo, nada hay más peligroso que lo limítrofe, pues es en la frontera donde reinan las amenazas. 
Una vez dicho esto, podría parecer descabellada la idea de unir a Ghirlandaio con Hergé, pero nada más lejos de una realidad cuyo resultado es el que tenemos ante nosotros: una atmósfera entre lo real y lo onírico que provoca una sensación inquietante. Si se pudiera fusionar el Renacimiento con un cómic, o una ilustración infantil con el Surrealismo, seguramente nos saldría un López Herrera. 
En su particular universo los personajes de este pintor aparecen provistos de una gran carga enigmática, a veces a medio camino entre lo caricaturesco y lo irónico, otras entre lo reflexivo y lo amable. En algunas ocasiones estos individuos habitan espacios tan atractivos para la narración como una estación de tren o un faro, tamizados por tonalidades apagadas que refuerzan el halo misterioso de la obra. De vez en cuando estos seres conviven con un personalísimo catálogo de objetos. Sobresalen, en este sentido, una serie de originales tablas que nos trasladan a la niñez, donde el asunto tratado desborda -pleno de imaginación- el marco espacial previamente fijado, como si se tratara de una metáfora de la infancia (y de los primeros dibujos de la infancia).
Quizás pudiéramos creer que tanta heterogeneidad en las fuentes nos conducirían a un inconexo batiburrillo formal. Sin embargo, existe una coherente unidad estética donde un reconocible y delicado dibujo predomina sobre el color. Lo más probable sea que el complejo mundo de López Herrera se trate simplemente de la extrapolación de nuestro complejo mundo, un mundo limítrofe y fronterizo donde cada día dialogan Giovanna Tornabuoni y Tintín (a veces hasta con Picasso). 


















Fdez Hurtado llevó a Bernesga una propuesta arriesgada (mucho más arriesgada aún si tenemos en cuenta los tiempos que corren). Visto el dominio que este pintor segoviano posee de aspectos tan cruciales como la perspectiva y la captación del objeto, le resultaría mucho más sencillo transitar por esos lugares más comunes del paisaje urbano o del bodegón tradicional. Sin embargo, da la impresión de que un pasado como ciclista deja una huella indeleble en todo individuo, una suerte de cicatriz que recuerda el esfuerzo y la tenacidad, y todo ello se evidencia en esta muestra. No puede ser otra cosa que el reto de la dificultad y de la honestidad lo que hace preferible trasladar a la tabla una, a priori, miserable colilla a una lustrosa manzana. En esa necesidad del riesgo Fdez Hurtado transgrede las jerarquías tradicionales, esas absurdas jerarquías que aún están presentes –quizás más presentes que nunca— en la mentalidad de muchos artistas. Son, en efecto, los objetos cotidianos del estudio del pintor los protagonistas de los cuadros, objetos a menudo invisibles que se hacen visibles en un espacio que da coherencia y unidad temática a la exposición, cuyo conjunto también se homogeneiza formalmente bajo las tonalidades blancas (siempre complejas de dominar debido a los efectos de la luz).

Todo aquel que visitó la muestra pudo tratar de componer las partes del estudio del pintor, construyendo un relato culminado en un todo velazqueño del siglo veintiuno, donde la musculatura miguelangelesca de los personajes de La fragua de Vulcano se transformó en la cotidianidad de la gordura de nuestros días y la fragua ahora es un futbolín. En la fragua –no se tiene que olvidar que fue pintado en Italia— se abordó la mitología cuando el devenir del diecisiete imponía la religión. Velázquez se salió del sendero tradicional del Barroco hispano y tuvo siempre en mente dignificar su profesión; Fdez Hurtado es uno de esos pintores que, siguiendo la estela de los maestros, se salen del sendero y dignifican la profesión.

(La foto es una captura de pantalla de este vídeo de la tele de Castilla y León)




El pescador del cuadro es una de las figuras que más sentimientos de compasión han despertado a lo largo de la Historia del Arte. Es tal su sencillez y humildad que el espectador llega a sentir culpabilidad e impotencia ante la miseria que contempla. El cuadro transmite un silencio sobrecogedor y sus colores apagados contribuyen a reforzar la empatía. Freud y Einfülung. El espectador proyecta sus lamentos y pesares sobre el cuadro.
Tomando como asunto el pescador, tema bíblico por excelencia, la pintura nos remite a un medievalismo donde el directo mensaje de la sencillez es más importante que el intento de captar la perspectiva. A pesar de que hoy nuestra memoria visual está acostumbrada a todo tipo de imágenes, debemos tratar de situarnos en el contexto pictórico en el que fueron realizadas. Las críticas fueron enormes, pero personajes como Gauguin o Picasso, dotados tanto de un ojo como de un pincel precursor, lo admiraron. El sistema de representación de la realidad imperante desde el Renacimiento, comenzaba a mostrar evidentes síntomás de agotamiento. Los cubistas, definitivamente, acabarían con él.

Hace días fue 26 de abril. Aniversario del bombardeo alemán sobre Guernica. Picasso realizó una de las mejores obras del siglo XX. Hoy aparece una excepcional exploración del mismo en tres dimensiones.



La profesora Isadora Rose afirma en un documental que las tropas francesas en Los fusilamientos de la Moncloa de Goya son una máquina de matar. Señala que es algo totalmente novedoso. Yo también pensaba así hasta que leí un artículo de Portela Sandoval donde nos muestra dos grabados en el contexto de la Guerra de Independencia de las colonias inglesas de América. Tanto el de Paul Revere como el de Henry Pelham, evidencian la disposición de las tropas del mismo modo que empleó el insigne aragonés en su excepcional cuadro. Las formas viajan. Y los grabados, aun más.

La pintura impresionista revolucionó el arte de finales de siglo diecinueve. La aparición de la fotografía -Niepce y Daguerre-, implicaba que la representación de la realidad ya no podría seguir por los caminos tradicionales. De ese modo, el crítico francés Castagnary definió en 1874 el cuadro Salida del sol de Monet no como paisaje sino como "impresión".
Partiendo del impresionismo, Georges Seurat trató de realizar una pintura científica. Charles Blanc en 1867 aseguró que el color, controlado por leyes físicas, podía ser enseñado como la música. En su Grande Jatte se evidencia que esto ya no es la impresión de la que habla Castagnary. Nada hay de la improvisación anterior. Sin embargo, el tremendo esfuerzo de Seurat -dos años tardó en hacer la obra- no condujo a la perfección deseada. Los personajes resultantes parecen simples recortes sin alma insertos en un paisaje desnaturalizado.
La temprana muerte de Seurat es la metáfora del evidente fracaso del puntillismo.

La reciente inauguración de la ampliación Moneo del Museo del Prado permite recuperar la pintura española del siglo XIX y, particularmente, el subgénero de la Pintura de Historia. Cuadros como Juana la loca, Los amantes de Teruel o La rendición de Bailén permanecían arrinconados por falta de espacio y de voluntad expositiva.
Carlos Reyero considera los cuadros de ese género -la mayoría realizados sólo en treinta años- en el contexto de la construcción de una identidad nacional española.
El cuadro que representa El fusilamiento de Torrijos es un icono de la libertad en España. Fue encargado por el liberal Sagasta bajo la regencia de María Cristina. Pedro de Madrazo afirma que los personajes del cuadro representan mejor que Goya la heroicidad y dignidad de los españoles porque los pinta con nombres y apellidos, no refugiados en el anonimato ni en la aparente indigencia -la frase literal es feos e innobles pillastres sacado de la hez del vecindario madrileño.
José María de Torrijos fue un general liberal encarcelado al apoyar el pronunciamiento de Lacy. Tras el breve intervalo del trienio liberal tendrá que exiliarse a Inglaterra (donde se integra en el romántico colectivo de Apóstoles de Cambridge) hasta 1830 cuando llega a Gibraltar, donde prepara su llegada a España pero su plan será descubierto. Fernando VII ordena la ejecución de Torrijos y de cincuenta y dos compañeros. Que los fusilen a todos, dijo el rey.
Ahora El Prado inaugura nuevos espacios y Sus Majestades son ubicados para la foto de rigor ante el cuadro de Gisbert, en que el antepasado felón de nuestro monarca ejecuta a Torrijos. ¿Casualidad, despiste, intencionalidad?