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Que Will Smith ya no sólo era el príncipe de Bel-Air quedó demostrado cuando trabajó en las comerciales y aceptables Dos policías rebeldes, Independence Day y Men in Black. Lo que nadie podía imaginar es que aquel rapero graciosete se convertiría en uno de los actores mejor dotados de su generación, como quedó demostrado en Alí o En busca de la felicidad. Continuando esa ascendente línea, Siete almas consagra a Smith. Se trata de una película realizada para su lucimiento, que se regocija en el melodrama y carece de ritmo, pero que consigue lo que pretende, es decir, conmover y emocionar a un público necesitado de encontrar en el cine buenos guiones -como éste-, algo que parece hoy casi exclusivo de las series de televisión.
El principal mérito de este relato sobre la vida cotidiana en el País Vasco es su valentía. Pocos se han atrevido a tratar la falta de libertades que padecen algunos ciudadanos vascos. Una tierra con tantas virtudes que, inevitablemente, quedan oscurecidas por sus miserias. Sus hermosos paisajes o su excelente tradición gastronómica aparecen siempre en un segundo plano debido a la tragedia que vive esa sociedad.
Un profesor amenazado y un joven terrorista, encarnados por Coronado y Jaenada, nos guían en una historia donde la amenaza y la tensión no adquieren el nivel necesario para que el espectador logre introducirse totalmente en la narración.
A pesar de sus defectos, sin embargo, la realización de esta película era necesaria. Que no se olvide.
Cuarón es de esos cineastas que tienen por destino la irregularidad. Capaces de lo mejor y de lo peor -como decían de Marco Van Vasten y de Salvador Dalí- arriesgan sus carreras en la búsqueda de la dificultad.
Si con la pretenciosa Grandes esperanzas casi levanta al mismísimo Dickens de su eterno descanso, anteriormente había logrado convencer a casi todos con una tierna aventura fantástica llamada La princesita. Posteriormente una road movie, con tres excepcionales interpretaciones, devolvió al director su confianza y fue elegido por la fábrica Potter para rodar con mediocridad una de sus aventuras.
Tras este recorrido profesional el destino de Cuarón no podía ser otro que un relato de ciencia ficción. La ausencia de fertilidad provoca el caos en el planeta. Desde ese momento se establece la eterna y maniqueísta lucha entre Bien y Mal. El director construye una consistente película de género. La repetición de algunos recursos como la acumulación de obras de arte -por ejemplo V de Vendetta- no hace sino contextualizar la obra donde interesa, en ese estrecho límite entre lo real y lo increíble. La gris Londres convertida en la aun más gris capital del caos.
Al hablar de Leones por corderos, resaltábamos su fallido intento de analizar las actuales relaciones internacionales americanas -con el terrorismo islámico como telón de fondo- mediante la utilización de un discurso con un supuesto nivel intelectual. En el punto de mira, en cambio, es todo lo contrario; son conscientes de sus limitaciones y se dedican a lo que mejor saben hacer: entretenernos durante casi hora y media. Un presidente, un atentado terrorista, persecuciones, bombas, actores de moda.
Siguiendo con ese afán de entretener, dejan de lado la rigurosidad contextual. Porque España para Hollywood, al igual que para los viajeros románticos decimonónicos, debe ser un lugar caracterizado por el exotismo. ¿Por qué los estadounidanses siguen pensando que los españoles somos étnicamente igual que los mexicanos? Hay detalles algo jocosos, como los antiglobalización protestando con banderas de España. Probablemente en Estados Unidos, por muy antisistema que seas sigues teniendo cierta querencia a tu país, pero en España -debido a los lastres del franquismo- un antiglobalización no suele llevar la bandera nacional (aunque, curiosamente, sí las senyeras e ikurriñas).
Arquitectonicamente, la reconstrucción de la Plaza Mayor de Salamanca es aceptable, pero cuando la narración sale de ese excepcional e inigualable recinto, hay zonas que se parecen más a Antigua o a Estambul y no a la histórica ciudad universitaria del viejo Reino de León. Evidentemente, la piedra de Villamayor no existe en México.
Superficial intento de realizar una crítica a la política exterior estadounidense. Asistimos, nuevamente, a un género de moda -Crash, Babel-: historias que se cruzan. Desde un poderoso senador a un poco creíble profesor universitario, pasando por el típico estudiante con talento, dos idealistas soldados y una periodista, interpretada por Meryl Streep en uno de sus peores papeles.
La película no decepciona por lo que se observa sino porque es una obra incompleta. Parece como si lo que se pretende exponer es un extenso prólogo al que le falta un desarrollo y una conclusión.
Si el Premio Goya recoge lo mejor del cine español y La soledad es su mejor película, nos encontramos en una situación lamentable. Intentar realizar una estética fílmica posmoderna se convierte en una tomadura de pelo cuando no hay nada interesante que contar.
Por lo visto, decir lo anterior es ir contracorriente al discurso políticamente correcto, donde supuestamente la polivisión de Rosales es lo más cool desde el Dogma 95 Vontriersiano.
Se trata de una película que posee el dudoso mérito de no contar nada en los primeros veinte minutos. O de contar algo tan intrascendente que, desde dicho momento, solo puede ir a más porque, simplemente, hacerlo a menos es materialmente imposible.
Por si esto fuera poco, Rosales hace lo que ya dijimos de Wim Wenders en Lisbon Story: desaprovechar deliberadamente el marco escénico -entonces Lisboa; ahora las montañas de León-, lo que es muy legítimo para el director pero que no habría venido nada mal a un proyecto tan carente de recursos como el efectuado.
La Soledad, en definitiva, habría sido un decente corto pero su presuntuosidad lo convierte en un nefasto largometraje.
Cine Español, no sigas por este camino.
Existen personas que parecen vivir en un mundo alejado de la realidad. No se detienen a reflexionar, en parte, por el ritmo y las circunstancias de la sociedad actual. Pero estoy plenamente convencido de que hace treinta o cuarenta años, cuando España era aun un país eminentemente rural, la gente pensaba más en todo lo que le rodeaba. El paisano dejaba el azadón, se sentaba en un risco bajo la sombra de un árbol, sacaba el chorizo, lo ponía en un mendrugo de la hogaza, libaba un trago de la bota de vino y respiraba aire puro. Y pensaba.
Hoy nadie se para a pensar, por ejemplo, que solamente hace cincuenta años, el planeta donde vivimos estaba en la más cruenta situación que la mente humana es capaz de imaginar. Cincuenta y cinco millones de muertos en apenas un lustro.
Por eso, cuando alguien dice "otra película más sobre la guerra", realiza -probablemente de modo inconsciente- un ejercicio de olvido ( y tal vez de incomprensión). Hay que reflexionar cada vez que tengamos delante un terrible documento para que no vuelva se vuelva a repetir.
Sobre lo estrictamente fílmico solo añadir que Verhoeven realiza una maravillosa película, alejada de las mediocridades a las que nos tenía acostumbrados como InstintoBásico, Showgirls o Starship Troopers. Para aquellos que al terminar sigan pensando aquello de "más de lo mismo" decir que el director se basó en hechos reales .
Por lo general hay una máxima que suele cumplirse en Cinematografía: si hay guión, hay película. A esta sencilla regla se le puede añadir otra variable para completar la ecuación: si hay director, hay película. Es decir, a buen guión y buen director, buena película, seguro.
Sam Mendes ya había demostrado su gran calidad en American Beauty, sátira de la sociedad estadounidense. Ante Camino a la Perdición uno no puede hacer otra cosa que rendirse a sus pies -hay guión, hay director; hay película.
Junto con Muerte entre las flores y L.A. Confidential probablemente estemos hablando de la mejor producción de cine negro de los últimos tiempos -quizá porque inexplicablemente no existe cine negro en la actualidad-. Un sencillo guión -a pesar de ser mafiosos sabemos quiénes son los buenos y quiénes los malos, sobre todo si Tom Hanks protagoniza la película- y una magnífica recreación de la época de la Ley Seca. Los años veinte en Estados Unidos, la nueva primera potencia mundial tras la guerra, inversiones en una bolsa que no cesa de crecer (hasta que dejó), El gran Gatsby, a bailar, a beber, sobre todo whisky de las mafias irlandesas.
Gracias, Mendes, por recuperar el cine negro.
En la primera parte decíamos que los ingleses narraban su historia sin complejos; ahora no hacen historia, sino un panfleto. La primera se salva por su realización cinematográfica -interpretaciones, escenografía, guión- que dejaba a un lado ciertas deficiencias de documentación. Pero ahora todo ha cambiado, el objetivo de la película ya no es narrar la personalidad de una reina sino justificar y continuar con la Leyenda Negra.
Cate Blanchett dijo esto: Creo que la realidad histórica se ha quedado en un segundo plano, y que el personaje en lugar de ser el rey de España, podría ser de Rusia, Portugal o Francia. En concreto, lo que Shekhar Kapur quería contar es el hecho de que el destino de dos países cambie radicalmente por culpa del viento. Cate, lo siento, pero en 1588 Felipe II ya era rey de Portugal. No dais ni una.
Se pasa de puntillas por el tema de los corsarios, Francis Drake no existe, nada se dice del apoyo a los rebeldes en Francia y Países Bajos, los Tudor de Enrique VIII son la dinastía más honesta del mundo -grandiosa esa frase de la Inquisición que nos trae esa Armada Invencible que pretende acabar con la Libertad que impera en Inglaterra. Hacía tiempo que no me reía tanto, libertad religiosa en Inglaterra...
Si en la primera los españoles éramos los malos, ahora somos los peores.
Felipe II -que nunca será santo de nuestra devoción- es interpretado por Jordi Mollá cuando en 1588 tenía 60 años. El hijo del Emperador Carlos V es la evidencia de esa iconografía hispánica y ultracatólica que trata de representar a un país fanático de ultratumba -¿había alguien que no vistiera de negro?, ¿por qué hablaban en mejicano? ¿en España siempre era de noche como en Finlandia?, ¿por qué el herreriano Escorial se me parece tanto a Westminster?.
Me reí mucho cuando ese piratilla de Walter Raleigh inventado se tira de cabeza al calentito Mar del Norte en plena tempestad mientras se hunden los barcos españoles. Yo envié a mis naves a luchar contra los hombres, no contra los elementos, dijo Felipe II al conocer la derrota de la Armada Invencible. Qué gran héroe, una película como esta no lo podía dejar pasar. Tampoco está nada mal el discurso patriótico de la reina a lo Braveheart de peluquería.
¿Salvamos algo? Puestos a ser generosos: la interpretación de Cate Blanchett, el vestuario y la escena de María Estuardo siendo ejecutada (la escena, porque los lloros y el sufrimiento de Isabel al ejecutar a su prima no se los cree ni ella. Sin embargo, seguro que no habrían puesto a Felipe llorando al tiempo que supuestamente asesinaba al príncipe don Carlos con sus propias manos).
A pesar de un esperanzador inicio a modo de road movie, Lisboa se merecía algo más. Las mejores reflexiones están al comienzo, en ese viaje improvisado que realiza un técnico de sonido a través de una Europa sin fronteras, en la que España queda representada por una canción de los Héroes del Silencio, Juan Manuel Gozalo diciendo penalty y un toro de Osborne en la Vía de la Plata.
El resto es un pretencioso discurso sobre la importancia de la imagen y del sonido parapetado en la poesía de Pessoa (como si eso ya otorgara una suficiente justificación intelectual). Lamentablemente esto no es París, Texas y el tedio cada vez se hace más insoportable.
Absténganse de visionar la película aquellos que pretendan viajar a la capital lusa y traten de documentarse. El director -y en su derecho está- muestra lo más sórdido de la ciudad, desaprovechando las posibilidades visuales de la capital más encantadora de Europa, a la que sólo las omnipresentes vistas sobre el Tajo hacen justicia. Porque Lisboa no es una ciudad de paso y solamente llega quien quiere ir. Y esta mediocre película excepto por el Tajo y por Madredeus, podría haberse rodado en cualquier ciudad.
Un historiador militar, un hombre obsesionado por la guerra, un tipo con aires de grandeza, un estratega excepcional, un valiente, un temerario, un maleducado, un gurú, un defenestrado, etc. Todo eso es Patton, amado y odiado al mismo tiempo.
El monólogo que inicia la película es magistral y define mejor que nadie al tipo que vamos a observar durante un par de horas delante de nuestros ojos.
¿Montgomery o Patton, he ahí la cuestión? En la guerra no nos queda ninguna duda: Patton.
Lo de Monty en El Alamein no fue una cosa tan anormal ante un ejército -el de Rommel- sin combustible. Al inglés no le quedaba otra que desgastar al contrario y no hacer movimientos osados porque sabía que El Zorro era infinitamente mejor estratega que él.
Patton se le adelantó en Sicilia (mientras el inglés se atascaba) e hizo literalmente lo imposible en Bastogne.
La película fue realizada cuando los estadounidenses perdían Vietnam y necesitaban héroes. Patton, con sus virtudes y defectos (que de paso moralizan), lo era. Y la excepcional interpretación de Scott, secundado por Karl Maden como el moderado general Bradley, más el correcto guión de un joven Coppola, contribuyeron al éxito de un filme rodado en exteriores españoles donde Aranjuez, por ejemplo, era Córcega.
Con El orfanato pasa como con esas anomalías de la memoria que llaman Deja vú: uno tiene la sensación de haberla visto anteriormente. Efectivamente, a pesar de los notables esfuerzos del director, la película nos remite constantemente a Los otros y a El sexto sentido (sobre todo por la madre histérica, el niño raro y la casa misteriosa).
Desde ese momento el espectador tiene dos opciones: o considerar El orfanato como mero ejercicio comercial o, por otro lado, valorar la impecable factura de su realización técnica. El primer camino nos conduce a la acumulación de una serie de tópicos del género: abuso de portazos, oscuridad, gritos. Es el problema de un género tan manido, donde hacer cosas nuevas es prácticamente imposible. Todos correctos, en fin, pero poco más.
Que sea la película española más taquillera en varios años nos indica varias cosas: que el espectador español no gusta de historias intimistas de hoy -el género que más abunda entre nuestros realizadores- y que las superproducciones nacionales (Alatriste, El laberinto del fauno) suelen triunfar.
Al comenzar el filme se observa a Matt Damon interpretando a un hombre casado y con un hijo. Entonces surge el porqué de su elección. ¿No podrían haber escogido a una persona de más edad? Al instante nos damos cuenta de que pocos actores pueden realizar el papel de un individuo desde la juventud hasta su madurez. Damon logra captar toda la esencia de este personaje silencioso, inteligente y comprometido. Se le da muy bien interpretar a esa clase de tipos enigmáticos como vimos en El talento de Mr. Ripley o la saga de Bourne.
De Niro, en su segunda película como director, narra la historia de la CIA basándose en un excepcional guión de Eric Roth. A pesar de la excesiva duración de la cinta, el director sabe de qué va el negocio. En la película hay de todo como en botica. Desde un interesante análisis de la guerra fría hasta los entresijos de la vida sentimental del protagonista (hacía mucho tiempo que Angelina Jolie no hacía una buena interpretación).
Pero lo más interesante es el alarde narrativo de De Niro, capaz de saltar constantemente en el tiempo sin que el hilo argumental pierda claridad (incluso la gana).
Los ingleses tratan su historia sin complejos y eso es admirable (se pueden equivocar pero hay que reconocer su valor). Sin embargo, en esta tierra nuestra escasea la valentía y sobran los complejos. Preferimos, por lo tanto, realizar películas que no puedan herir ciertas sensibilidades de moda. Alatriste, por ejemplo, es una excepción que camina en la dirección de valorar lo que fuimos -y por tanto lo que somos-, que es la empleada por los ingleses con Elizabeth.
Aquí los anglicanos de la bella Isabel I son los buenos y los católicos de la fea María Tudor los malos. Y punto. Una Inglaterra convulsa entre los partidarios de dos religiones: por una parte, María Tudor casada con su sobrino el futuro Felipe II (para ellos el integrista católico de la Leyenda Negra) como defensores del catolicismo; por otro lado, los herederos de la reforma anglicana de Enrique VIII.
En definitiva, una interesante recreación histórica (admirable fotografía y diseño de vestuario) protagonizada por una excepcional Cate Blanchett para el orgullo de una Inglaterra sin pudor.