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Hace tiempo busqué Misent en Google, pero no existía; hoy hice lo mismo con Olba, con idéntico resultado. Ahora, sin embargo, estoy convencido de que Misent y Olba son los lugares más reales de Levante y de toda España, esos lugares donde primero se hicieron ricos los protagonistas de Crematorio y después se hicieron pobres los de En la orilla, que es lo que le ha pasado a este país. 
Uno antes iba a Benidorm, a Cullera o a Misent como quien iba a un parque de atracciones donde todo era felicidad, paellas y una línea de edificios que cada año se prolongaba más. Ahora esos edificios a medio construir dibujan el panorama desolador de la crisis; incluso hasta las paellas saben peor. Tanto es así que, si yo tuviera que explicar a un extranjero lo que le ha ocurrido a España en los últimos años, le diría que leyese esta novela antes que algún periódico. Y mejor hacerlo cuando hubiera pasado la vorágine estival, ya en el invierno de sus civilizados países, para poder asimilar con el sosiego adecuado la áspera prosa de Chirbes, que tiene algo del cemento de los edificios a medio construir y de las lijas de la carpintería del protagonista. 
Como nos hemos convertido en seres impacientes, nos puede parecer que Chirbes se anda por las ramas. Pero con Chirbes hay que demorarse, que es lo que decía Gadamer que tenemos que aprender a hacer para que la experiencia artística sea más enriquecedora. En una sociedad veloz, de fast food, de fast art también, da la sensación de que el consumo artístico sustituye a su disfrute. Ya no se escucha el vinilo hasta que se raya, ni se releen los libros de las estanterías hasta saberlos casi de memoria; ahora todo es tan cercano ––legal o ilegalmente cercano–– que la gente casi se olvida de disfrutar. Un triste disfrute, en este caso. 
La primera línea de playa ya no es el paisaje principal, ahora Chirbes se recrea en la calma cenagosa del marjal, geografía que termina por engullir todo. El marjal es el espacio ideal para situar los aparentes excursus de Chirbes, que son, en realidad, breves ensayos que abordan desde el tratamiento de los sucesos en la tele a la España del pelotazo, pasando por las relaciones sentimentales y sus intereses. Incluso a veces da la sensación de que nos encontramos ante poco más que una tormenta de ideas, ante idas y venidas del pasado al presente ––resueltas con magistral sencillez––, ante pinceladas superpuestas. Lo cierto es que así son a menudo nuestras conversaciones y nuestros pensamientos, que no son muy lejanos a los que poseen los protagonistas mientras juegan la partida en el bar de Olba. Esas digresiones no son otra cosa que la novela en sí, ya que no existe una trama al uso sino un conjunto de personajes que construyen la narración. Pero no es una novela coral, pues todas las voces de En la orilla son más o menos equilibradas por la voz principal, recurso realista donde los haya, porque así es nuestra vida. Quizás sea éste el motivo por el cual En la orilla resulte tan asombrosamente creíble, porque la vida trata de lo ordinario, y lo extraordinario sólo sucede cuando decimos que la realidad supera a la ficción. Pero nada hay de ficción en la narrativa de Chirbes, ni siquiera Misent, ni siquiera Olba.



Existirán pocas cosas más bellas en la vida que contemplar la lluvia de estrellas durante una noche de agosto. Yo recuerdo especialmente la de hace algunos años -muchos ya- pero ésa es otra historia, otro relato, incluso otra vida. Y, en efecto, el relato de toda una vida durante una noche es lo que nos cuenta Julio Lamazares en Las lágrimas de San Lorenzo.
El leonés regresa por la puerta grande a esa senda melancólica -todo leonés es por naturaleza un ser melancólico- que magistralmente recreó en La lluvia amarilla. Y es que creo que estamos ante el mejor Julio Llamazares desde entonces. Si aquel anciano de Ainelle era un tipo aferrado a su terruño, ahora nos encontramos con un padre que ha deambulado por toda Europa sin echar raíces en ningún lugar. Pero en ambos casos, en apariencia tan lejanos, se habla de lo mismo: el tiempo (tema recurrente de su obra, por otra parte. Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve, dice en su primer poemario).
En estos días de ficciones dominadas por estilos descafeinados y asépticos, de tramas enrevesadamente absurdas (sí, sigo traumatizado por La verdad sobre el caso Harry Quebert) , se agradece el reencuentro con el escritor nacido en Vegamián, un oasis para disfrutar del ritmo sosegado y profundo, de la acción domada por la memoria.  En definitiva, lo que se agradece es el reencuentro con la literatura en estado puro. Literatura de la que uno siente parte cuando va a Olleros de Sabero tras leer Escenas de cine mudo o a Vegas del Condado -así lo ha reconocido el autor- tras leer este maravilloso libro.



La imagen más vista en las playas españolas este verano ha sido la de alguien sosteniendo un ejemplar de La verdad sobre el caso Harry Quebert (o un Kindle) en las manos. En efecto, éste es un libro para la playa, para cuando uno lee porque no tiene otra cosa mejor que hacer que ver pasar el tiempo y escuchar de fondo las olas del mar. Y es que este libro, como los veranos, tiene sus momentos tediosos y apasionantes, sus luces y sus sombras.  No dudo de la inteligencia del autor al utilizar ingredientes siempre efectivos como el romanticismo y el crimen para elaborar este metaliterario relato que, sin embargo, está lleno de altibajos. La complejidad estructural -uso de varios planos temporales, uso de varios planos narrativos- contrasta, por ejemplo, con lo inverosímil de la resolución de la trama por un joven escritor, capaz de ridiculizar a la policía. Además, el lento proceso del hallazgo de los culpables, plagado de giros (algunos tan desconcertantes como brillantes), acaba por ser cansino, resultando la extensión del libro desmesurada para lo que se puede contar sin ser capaz de aburrir, por momentos, al lector.  El verano llegaba a su fin pero el libro aún se resistía. Los referentes de Twin Peaks y de Hopper eran meros convencionalismos, y yo me preguntaba cómo alguien medianamente cuerdo había osado a comparar esta novela con Nabokov, con Roth (incluso con Larsson). Al fin lo terminé, cansado de un libro que no es más que un entretenimiento, cansado de un verano en el que esta novela quizás ha pagado los platos rotos.





















No debería uno contar nunca nada. Así comienza esta novela que apenas cuenta nada pero que cuenta mucho porque lo que importa simplemente es contar. Quizás la literatura más elevada sea aquélla que cuenta por contar, donde el tema es mera excusa. Ocurre algo similar con la pintura; el Impresionismo ya nos dijo que el tema era secundario, que lo importante era lo estrictamente estético. En este sentido, lo que realmente me gusta es el estilo de Marías, su pincelada, como lo que realmente nos gusta en los impresionistas es su pincelada. Me gusta que se salga del sendero y que parezca que se va a perder en el bosque pero que recupere el hilo con una naturalidad pasmosa. Y se sale del sendero narrativo tanto en lo temático como en lo formal, hasta el punto de desmarcarse de la narración cuando coteja las propias frases con el inglés, en inusual ejercicio académico en medio de la ficción. Supongo que todo esto que tanto me gusta -tan heterodoxo, a fin de cuentas- sea lo que muchas personas tanto aborrecen. Por eso recomiendo dosificarse cuando uno lee a Marías (y más en esta novela, que no parece la más adecuada para iniciarse en su obra), pues no puede uno esperar que ocurra algo trascendental en cada página.
En efecto, es la inherente necesidad humana de contar a la que se refiere el espía Wheeler la que articula la novela, y contar, en el fondo, es lo que hacen los espías, aunque aquí apenas se cuente ni se hable de espías en lo que se supone es una novela de espías. Pero poco importa. Apenas hay otra cosa que una charla entre el citado Wheeler y el narrador, Jacobo o Jaime o James o Jack o Santiago Deza; apenas se abordan más que referencias fragmentarias a Oxford o al universo académico; apenas se conoce algo de la vida privada del protagonista que no sea la ruptura con su mujer. En definitiva, apenas se cuenta algo más que lo -en apariencia- anecdótico, que se convierte en fundamental, con el resultado final de un conjunto denso pero coherente y fascinante, un conjunto significativo de la obra de Marías.






















Portugal también es mi tierra. No me siento distinto de un portugués, que es un leonés también. Me gustaría, como a Torga y a Unamuno, una Unión Ibérica, una utópica unión, quizás tan utópica como esa Iberia de piedra que navega a través del Atlántico en la fábula de Saramago. Mendizábal también pensó en esa unión bajo el cetro de Don Pedro. A fin de cuentas estamos hablando de un Emperador, del hijo de un rey portugués y de una hermana del monarca español. En El imperio eres tú se mezcla la vida de Pedro I, que es la historia brasileña -y que, a su vez, también es la historia portuguesa-, con la vida de sus mujeres. Porque Don Pedro era una mezcla de Napoleón con Don Juan. Un orgulloso emperador y un pendón irredento retratado en esta novela que tiene todos los ingredientes para ser lo que es: una gran novela. Quizás todo se reduzca a algo más simple: alguien nacido en una habitación decorada con escenas de El Quijote no puede sino acabar convertido en el protagonista de una fascinante vida novelesca.





















Foto extraída de mi Flickr


 Hace poco escribía de lo complejo que resulta enfrentarse a la segunda novela tras una ópera prima de éxito, pero ahora comprendo que debe ser mucho más duro afrontar el repentino éxito tras una discreta carrera literaria. Que de repente todo el mundo se fije en ti, que habías perdido la esperanza de que lo hicieran, tiene que resultar abrumador.
Todo eso está en esta obra, en esta reflexión sobre el éxito y la culpabilidad; sobre el éxito y la culpabilidad de Cercas o de otro parecido a Cercas. Porque nadie como Cercas (al menos, nadie que yo conozca) es capaz de caminar en elegante equilibro por ese finísimo alambre que separa la realidad de la ficción.
Efectivamente, La velocidad de la luz consigue que pensemos que el propio Cercas es quien está en Urbana, quien conoce a Rodney, quien escribe un libro exitoso sobre la Guerra Civil y que, llegado el momento -unos antes; otros después-, pensemos que es quien está escribiendo el libro que estamos leyendo.
Me fascina la capacidad envolvente de esa característica prosa de constantes repeticiones, que muchos aborrecen pero que a mí me da la sensación de ser una prosa necesaria para los libros de Cercas. Un estilo, el de Cercas, que consigue una enorme facilidad de lectura.
Para acabar, me refiero al final del libro: es el mejor final que recuerdo en mucho tiempo (en muchos libros). Un final que cierra y completa el círculo de la novela, un final que acaba así.

















(Foto: El Cultural)

De todos los cientos de relatos o novelas que se han escrito de la guerra civil acaso ninguno puede compararse a A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. A su lado muchas de las páginas de tantos otros —Foxá, Max Aub, Neville, Baroja, Borrás, Petere, Barea— parecen oscurecerse faltas de nervio o sobradas de retórica guerrera. Ni han contado lo que él contó ni lo contaron de la misma manera. 


La memoria suele ser tan fascinante como cruel. Escuchar cierta canción tras mucho tiempo o reconocer a lo lejos, sin ser visto, a alguien que fue importante en tu vida, son complejos, crueles y fascinantes ejercicios a los que nos cuesta enfrentarnos. Sucede algo parecido, por ejemplo, al enfrentarse con un libro, ese compañero con el que pasamos muchas horas y construimos una relación de complicidad pocas veces igualada (esa mujer que vemos a lo lejos y que no nos ve, acaso lo fue). 
Tras muchos años releo a Chaves Nogales y, además de la crueldad y la fascinación provocada por la memoria, percibo que el libro ha cambiado. Sigue siendo lo mejor que yo —al igual que le sucede a Trapiello— haya leído nunca sobre la Guerra, pero entonces eran un conjunto de relatos que ahora, sin embargo, se han transformado en un ensayo. Entonces no leía ensayos; sólo novelas. Y así me iba. Porque yo creía que me iba bien, pero me equivocaba. 
Durante aquellos años uno leía porque tenía que aparentar, que es lo que principalmente se hace en la adolescencia, que cada vez acaba más tarde. En esas edades se aparenta saber más de lo que en realidad se sabe y se aparenta conocer la vida cuando se desconoce. Alguien me dijo que yo no tuve adolescencia y creo que tenía razón (siempre tenía razón, la verdad). 
Y allí estaba yo, pues, tumbado en mi cama y leyendo la mayoría de novelas españolas sobre la Guerra Civil. Mi abuelo apenas me había contado nada de la misma y me sumergí en la ficción —como tantas veces— tratando de encontrar en ella lo que no había querido buscar en la realidad. Busqué la penosa vida de los maquis en Luna de Lobos de Llamazares, encontré la extraordinaria historia de aquel soldado que bailaba Suspiros de España agarrado al fusil y que salvó a Sánchez Mazas en Soldados de Salamina de Cercas, y tropecé (que ni es búsqueda ni encuentro) con un tal Chaves Nogales, que acababa de ser reeditado. Imposible olvidarme de personajes como Bigornia o de aquel hombrín, comisionado de Patrimonio. Lo que ocurre ahora es que comprendo mejor lo que quería decir el autor.
Para mí A Sangre y Fuego son ahora nueve breves ensayos sobre la barbarie de una guerra civil que, al tratarse de una guerra civil entre españoles, es mucha más guerra civil aún. Ese odio atávico que posee el español en sus entrañas se multiplica hasta el infinito cuando se trata de matar y de morir. Fue en ese año 2001 de la reedición cuando Arcadi Espada escribió un brillante alegato en el que se lamentaba del olvido al que había sido sometido el escritor sevillano:

Chaves es hoy un olvidado porque su escritura no tiene un color propio, sino solamente el color de lo que toca, y en el canon literario español esa característica conduce directamente al limbo.

El motivo del olvido de Chaves Nogales era evidente: no tenía un bando que le reivindicara. Fue un tipo íntegro hasta para eso. Después de aquel encuentro con aquel tipo íntegro, yo continué y continúo leyendo sobre la Guerra a contemporáneos y a clásicos —y añadiendo desde hace años ensayos a la ficción—, pero con el mismo objetivo de intentar hallar respuestas; respuestas sobre la condición humana que nadie ha sabido contestar como Chaves Nogales. 




















Tal vez no somos más que una vida escrita con tinta simpática, entre renglones que todos pueden ver, hasta que un día la llama que creíamos extinguida va sacando datos, fechas, intenciones, afectos que nadie, ni nosotros mismos, sospechaba. Pero para entonces es siempre demasiado tarde. Porque la misma llama que saca a la luz nuestro vivir secreto, va quemando, destruyendo, lo que habíamos escrito hasta entonces a los ojos de todos.

Hace días escribía algunas líneas sobre la ansiedad que genera la segunda obra tras una opera prima exitosa. Al respecto, tenía la equivocada idea de que la primera novela de Trapiello había sido El buque fantasma y no ésta, pues El buque es una narración sobre juventud, de descubrimientos, con tintes biográficos y, sin embargo, La tinta se trata de una novela de madurez, de recuerdos. La paradoja es, efectivamente, que la novela de madurez es la primera y la de juventud fue la segunda. 
De las novelas de Trapiello también leí Los Amigos del Crimen Perfecto, Premio Nadal en 2003, pero no sé si fue antes o después de El buque. De lo que no tengo ninguna duda es que de las tres me quedo con ésta, con la que tiene por protagonista a ese viejo pintor llamado Corso. 

Es la mirada melancólica la que da coherencia a la obra (la vejez supongo que es lo que tiene). Inmediatamente me viene a la mente, por temática y localización italiana, La sonrisa etrusca de Sampedro. Sin embargo aquella era una melancolía que devenía en optimismo; pero aquí, al contrario, tenemos delante una melancolía eterna, que impregna toda la obra. Tal vez deberíamos leer estas novelas cuando somos jóvenes para aprender de la senectud y dejar las que tradicionalmente han sido consideradas para adolescentes para la vejez. Puede que no haya novela más novela que El Quijote y no haya viejo más joven que Alonso Quijano.

La excusa de la obra, lo que podríamos llamar "el caso del cuadro del jardín", nos conduce por una Roma de mujeres ambiciosas y hombres egoístas, una vieja ciudad de viejos palacios habitados por viejos nobles. Y cuando la narración parece que comienza a estancarse se produce un brillante giro en el argumento (del que, por supuesto -norma de la casa-, no hablaremos aquí). 

¿Es Trapiello uno de los mejores novelistas de España? No. ¿Es Trapiello uno de los mejores escritores de España? Sí. Su Salón de los pasos perdidos, su Las armas y las letras, son ya referentes en la literatura española contemporánea; mucho más que sus novelas que, siendo buenas, no alcanzan ese sobresaliente nivel. 
Probablemente sea Andrés Trapiello el menos leonés de los escritores leoneses, mucho menos leonés, por ejemplo, que su hermano Pedro, que es un escritor muy de cuento y de narración oral, de filandón. 
Cuando le entregaron el Premio Castilla y León de las Letras, el profesor Miñambres dijo: 

¿Por qué se le ha concedido el Premio Castilla y León de las Letras a Andrés Trapiello? Desde mi punto de vista, y entre otras cosas, porque es un hombre que ha dominado todos los géneros.

(Bueno, quizás no todos, puesto que yo no le conozco obra teatral).

Por eso, creo que leer sus novelas -y concretamente ésta- puede ser un buen punto de partida para introducirse en su obra. La obra de un hombre que domina todos los géneros (blogs incluidos)





















Hace unos diez años cociné una tortilla de patata siguiendo los consejos de mi abuela. Para sorpresa de todos, comenzando por el que escribe, me quedó espectacular. Fue la primera pero también la última. Y es que el intento de satisfacer las enormes expectativas generadas después de una fabulosa opera prima provoca mucha ansiedad. Orson Welles jamás lo logró con Ciudadano Kane y María Dueñas tampoco lo consigue ahora (era una compleja misión...), pero sería injusto afirmar que no ha escrito una buena novela. Al menos ellos fueron capaces de superar el miedo escénico; me temo que mi segunda tortilla tardará tiempo en ser cocinada.
Pero regresemos a la Misión Olvido. El propio título de la obra la define perfectamente. Un título que aparenta superficialidad comercial pero que encierra algo más complejo e interesante. Efectivamente, al comienzo la obra da la impresión de que va a transitar por el fácil sendero del best seller (ahora están de moda los destinados a mujeres) y que va a vivir de las rentas de El tiempo entre costuras. Nada más lejos de la realidad. Ante nosotros se presenta una estructura en modo alguno simple, un relato en tres planos de los tres personajes destacados: el viejo profesor Andrés Fontana, el carismático Daniel Carter y la protagonista Blanca Perea -que tampoco llega a superar a la ya mítica Sira Quiroga- con el nexo común del estudio de la literatura española y el exilio. Siempre es grato reencontrarse con tipos como el gran Américo Castro.
Estamos ante una novela de segundas oportunidades. Algo tópico sí que es, reconozcámoslo, pero la esperanza en estos tiempos difíciles nunca está de más. Por otro lado, no deja de resultar curioso que quien esto escribe tenga en su cajón un borrador, a la espera de ser terminado, de una que se llama Todas las oportunidades son las últimas. (Ojalá que nadie me quite el título, cuya maternidad, por cierto, no es mía, aunque como aquí no entra nadie es improbable que alguien se entere). Y es que a mí me dijeron que la última oportunidad era, efectivamente, la última. María Dueñas viene a demostrar aquí lo contrario.
Pienso que la facilidad de María Dueñas para recrear el pasado es lo más destacado de su narrativa. La reconstrucción que hizo del Marruecos español fue sublime. Inevitablemente debo repetirme: ni Misión Olvido es El tiempo entre costuras, ni Blanca Perea es Sira Quiroga, ni la California Hispana es el Marruecos español. En su defensa se debe exponer que a la autora tal vez no le interese profundizar en esa reconstrucción californiana. Un gran error, pues el tema parece muy atractivo. ¿Por qué, María, por qué? Es más, en Misión Olvido ese regreso al pasado dueñiano -si se me permite tal expresión- se centra, quizás tirando demasiado del estereotipo, en aquella España y aquel Madrid de los años cincuenta que comienza a revivir tras la guerra y sobre todo en la Cartagena (ciudad donde reside la autora) de la base militar americana.
Resumiendo: ¡Más California y menos España!, rezaría la pancarta que yo mostraría como protesta a María Dueñas si su novela fuera mala, que no es el caso, porque esta novelista -definitivamente consolidada- propietaria de un particular estilo evocador y de una prosa que envuelve, ha superado con creces la prueba de fuego de todo creador: la segunda obra.
Algo que yo no he logrado con mi tortilla.























A las niñas ricas de León les hacían los vestidos las mejores modistas y a mi madre se los hacía mi abuela que, después de horas trabajando en una clínica (aún no se había inaugurado el hospital), copiaba los patrones y, restando horas al descanso, confeccionaba el mismo modelo. Cuando leí el argumento, le regalé el libro. Me ha encantado,  dijo entusiasmada al terminarlo, un par de semanas después. Supongo que no sólo fue por rememorar la confección de los vestidos o aquella España en blanco y negro o ese Marruecos que ella visitó cuando casi nadie visitaba Marruecos. El motivo de su entusiasmo por el libro se debe a que es una obra fabulosa. El tiempo entre costuras tiene el molde del best seller y no lo disimula, que es lo que se le debe pedir a un best seller. Dragó la definió muy bien: "novela como las de siempre, como las de nunca". 
Quizás esa magnífica reconstrucción del Protectorado Español en Marruecos sea lo más interesante del la obra. Aquel exótico Marruecos hispano -que apenas ha sido retratado- por el que desfilan personajes tan reales como el pintoresco Beigbeder, sirve como principal telón de fondo para que María Dueñas construya una historia redonda, donde todo acaba encajando, en la que Sira Quiroga se convierte en uno de esos personajes ya inolvidables de la ficción española contemporánea. Es una de esas mujeres admirables, con una asombrosa fuerza interior y vitalidad, que rompe los esquemas del cliché femenino de aquellos años (quizás mi abuela, a su modo, también lo rompió). Y Sira Quiroga es bella, claro. Una mujer que enamora a los hombres con la pasión con la que se enamoraba antes. Son romances como de Hollywood que inevitablemente, nos llevan a recuerdos del Casablanca de Bogart, de Blaine. Son escenas, también como en esa película, que acontecen en un mundo cambiante, de supervivientes y de mentiras, de ambiciones y de fracasos. 
Ya no queda nada de aquel mundo, ya no quedan niñas ricas en León, ya no queda nada del Protectorado, ya no existen esos amores. Sólo nos quedan los libros. Libros como éste. 















Reynard Heydrich era un tipo feroz, el auténtico nazi. Ni Hitler ni Himmler representaban con tanta perfección el modelo ario como él. Era lógico que entre las SS se comentara lo siguiente: Himmlers Hirn heisst Heydrich. El cerebro de Himmler se llama Heydrich. A pesar de su expulsión de la marina, su carrera fue vertiginosa y su última tarea consistió en gobernar con mano de hierro Chequia bajo el eufemístico título de Protector de Bohemia y Moravia. Esa Praga ocupada es el marco donde se desarrolla la Operación Antropoide, que analiza Laurent Binet con una maestría narrativa abrumadora.
En esta página no recojo todo lo que leo pero sirve como recordatorio. Por eso al recontar los últimos libros que aparecen reseñados (basta con pinchar en la pestaña novela) y no encontrar una que me haya gustado más, me planteo seriamente si HHhH es la mejor novela que he leído en los últimos tiempos. Quizás desde Los enamoramientos de Marías (que aquí no aparece reseñada).
HHhH es otro ejemplo de este género que cada vez me gusta más y que me hace cuestionarme la cercanía del fin de la novela. Sigue el mismo camino de novelar la historia que ya comenté tras leer Anatomía. Pero Binet va un paso más allá que Cercas en Soldados de Salamina o Capote en A sangre fría. Aquí importan todos los detalles. Todos. No solamente se recoge la Operación Antropoide o el propio proceso de documentación, aquí se muestran hasta las obsesiones del escritor. Todos los planos merecen la misma consideración. Resulta muy valiente e interesante ese honesto desnudo del acto creativo. El detallismo en la investigación es obsesivo y brillante, enseñándonos hasta sus arrepentimientos, como si fuera un pintor.
Yo de lo que me arrepiento profundamente es de haber estado en Praga y desconocer esta tremenda historia. Ahora me duele no haber buscado la curva del atentado o las huellas de los paracaidistas en la iglesia de San Carlos Borromeo. Siempre nos damos cuenta de las carencias y de los errores a posteriori.
HHhH es un prodigio en estructura. En una obra tan heterodoxa el autor sabe crear la atmósfera perfecta para que nos interese todo lo que nos dice. Desde sus paranoias con la Segunda Guerra Mundial hasta su modo de desechar unos acontecimientos y decantarse por otros. ¿Cómo lo logra? Creo que la clave se encuentra en el ritmo de la aparición de esos excursus. Al principio abundan, pues lo importante para Binet es aclararnos lo que va a hacer con este libro. Nos advierte que esto no es una novela al uso y parece que lo minoritario es el atentado y lo dominante son esas disgresiones (algunas hasta aparentemente absurdas). Pero poco a poco la balanza cambia de lado y es la historia de los paracaidistas la que cobra protagonismo por encima del proceso de creación, completando este perfecto puzzle sobre la Operación Antropoide llamado HHhH.

















De la obra de Trueba yo solamente conocía su parte cinematográfica. Fue guionista de la entrañable Los peores años de nuestra vida y asumió la dirección en dos notables filmes: La buena vida (con una sublime interpretación de Luis Cuenca) y la adaptación de Soldados de Salamina (uno de mis libros favoritos, siendo capaz de mantener el tipo). 
Aquí Trueba pinta un cuadro realista de nuestra sociedad, con el paisaje madrileño en segundo plano, diseccionando asuntos como la integración de los inmigrantes, los entresijos del fútbol, las relaciones sentimentales, las diferencias intergeneracionales o el éxito. Pero sobre todo en este libro lo que se pintan son fracasos. Las cotidianas derrotas de los cuatro personajes que protagonizan la narración se plasman con una sobria normalidad que conduce a reflexionar si nuestra sociedad ha dado demasiado valor a todo lo que rodea la popularidad. Hasta el futbolista exitoso es un ser derrotado, hasta la tía buena de la clase es un ser derrotado. Etcétera. La original pincelada de Trueba -su lenguaje- es directa, punzante y sin artificialidad, acentuando el realismo del cuadro madrileño.
Dicen que Guardiola regaló la novela a Messi, pero no veo yo al astro argentino del Barça entrando solo al Prado -o al MNAC, en este caso- como hace Ariel Burano o regalando libros por los cumpleaños. De hecho, ni siquiera veo al bueno de Lionel Andrés leyendo ese tomo de quinientas páginas que le acaba de entregar Pep. Veo a Leo dejando el libro en el asiento trasero del coche, un libro que se olvida, hasta que alguien lo rescata (no es Messi, quizás una mujer) y lo comienza a devorar y le gusta mucho. Como a mí.
























Hace aproximadamente un lustro descubrí al francés en La posibilidad de una isla y aquel encuentro concluyó con esa reconocible necesidad lectora de explorar más su obra que nos provocan los buenos autores. Recuerdo aquella novela como diferente, plagada de pasajes fascinantes que alternaban con otros tediosos. Pero no son más que recuerdos, así que no puedo afirmar rotundamente que la novela fuera así. Sin embargo, por esas cosas raras de la vida (aunque supongo que hablando de Houellebecq nada es casual), no me había tropezado de nuevo ante una novela del polémico escritor.
Aquí Houellebecq aborda demasiados temas como para dejarnos indiferentes. A medida que avanzan las páginas encontramos referencias a temáticas artísticas, a las relaciones personales o a la muerte. Lo mismo te habla del concepto de artesanía en William Morris (unas páginas gloriosas) que estudia las moscas o la relación entre la marca automovilística Mercedes y el bienestar, huyendo del canonicismo y lo políticamente correcto como de la peste y analizando la sociedad actual sin contemplaciones.
El protagonista, Jed, cargado de un desasosiego vital que asusta, nos conduce al planteamiento de demasiadas preguntas. A pesar de que ha triunfado profesionalmente (su padre también lo logró), y a pesar de que incluso ha pasado parte de su vida con una mujer bellísima e inteligente -la más guapa de París-, su recorrido vital es desalentador. Jed padece una discapacidad social que conduce a su aislamiento (no es una actitud bohemia sino su personalidad). Esto, desde su condición de artista, le permite contemplar la realidad del mundo de manera más objetiva.
Reconozco que llegué a un momento en el que percibí cierto agotamiento narrativo pero pronto se convirtió en un espejismo, resuelto mediante dos brillantes giros narrativos: las relaciones entre el ego y el alter ego del autor, así como la inesperada introducción de un género literario diferente, que provoca la ansiedad necesaria para desear conocer el final de la historia. Una historia completa.




Mi idea era enlazar la lectura del primer y segundo libro de 1Q84 (que en España han sido editados en un solo volumen) con el tercero, a punto de publicarse. Sin embargo, confieso que he quedado exhausto de Murakami.
La obra posee un comienzo extraño, en el que cuesta ubicarse, pero pronto nos reconocemos y acomodamos en el universo de su autor. La obra, ya desde su título, con ese homenaje a Orwell combinado con la cultura japonesa (q y 9 en japonés son homófonos), es toda una declaración de intenciones. La estructura del relato se basa en la historia de dos personajes, Aomame y Tengo, inevitablemente condenadas a enlazarse en el Tokio de 1984. A medida que avanza la obra, se percibe la necesidad de que se produzca el encuentro entre esa monitora de gimnasia y ese profesor particular, nos damos cuenta de que ambos tienen en común algunas cosas y que guardan secretos sobre sus vidas. Tengo y Aomame son dos excepcionales personajes, muy bien retratados y los aspectos sombríos de su existencia, son los que provocan la necesidad de pasar páginas con avidez. Sin embargo, llega un momento en que la novela comienza a decaer. El autor prolonga demasiado el nudo de la obra y la minuciosidad de las descripciones en un conjunto de 700 páginas se contradicen con esa necesidad del ritmo que, sin duda, pide la historia. Obviamente Murakami no iba a modificar su brillante estilo personal, así que da la impresión de que no le importa lo que se diga de él. Porque no se debe dejar de lado que aún queda otra parte, la tercera, que visitaré cuando descanse de esta segunda.


No esperaba yo encontrarme con un relato enmarcado en la Eurocopa de fútbol de 2008 cuando me decidí a leer lo nuevo de Rafael Reig.
"Todo está perdonado" es una redonda novela que critica con acidez la realidad del último siglo de Eapaña. Y claro, en esa variada salsa que nos sirve Reig pocas cosas se ligarían mejor que utilizando el deporte rey, metáfora de una nueva religión contemporánea. Allí está la España de Franco jugando contra los rusos para salvarnos de la invasión comunista; allí está la España de la Transición destrozando a Malta e inaugurando una nueva era democrática; allí está la gloria de la España ya europea materializada en un gol de Torres contra la antaño inalcanzable Alemania.
El resultado del libro es un premeditado juego de géneros: lo que parece ser negro se difumina con la tradición realista de novela de familias poderosas; lo que parece ser tristeza convive con el humor; lo que parece ser de una forma, en definitiva, resulta de otra.
La verdad es que la novela lo tiene todo: un crimen, (con su correspondiente detective fracasado que bebe güisqui), familias ricas con hijos rebeldes y chachas desgraciadas, amoríos juveniles, historia contemporánea de España y, por supuesto, el ya citado (y muy bien analizado, por cierto) fútbol.
Reig toma partido, como también lo hizo en el célebre Manual de literatura para caníbales y evidentemente, la crítica política juega un papel fundamental en la novela y permanece como perenne telón de fondo de la narración. La tesis de Reig es que unos ganaron la guerra y luego se aseguraron de que sus hijos ganaran la paz. Quizás tenga razón.
Quizás.

***

Por último, dejando de lado la novela:
-¿Todo está perdonado, Iván?
-Pues sí.
-¿Y olvidado?
-Olvidar sería injusto.



Rankin es Edimburgo. Y Edimburgo es Rankin. Al igual que Mankell es Ystad. E Ystad es Mankell. Porque Rebus y Wallander son los grandes inspectores de la nueva novela negra mundial. Quizá los dos únicos que quedan.
Edimburgo no sólo es la capital de Escocia sino también de los fantasmas y Rebus nos descubre, hoja a hoja, una ciudad que está a punto de ser la sede del nuevo parlamento escocés. La novela comienza con minuciosa descripción los detalles de los descubrimientos arqueológicos en dicha zona, una mujer que ha tenido problemas con los hombres, así como los entresijos de una poderosa familia escocesa. Nos encontramos ante tipos que maltratan a las mujeres y mujeres que engañan a los hombres. En el fondo, el maltrato y el engaño evidencian lo miserable de la condición humana, esencia de la novela negra.
Ian Rankin logra crear esa atmósfera inquietante necesaria para que cualquier lector se enganche, mediante la inteligente superposición de las tramas, que nos las pone y las quita a su antojo para jugar con nosotros, ansiosos por saber qué está pasando en realidad. Descubrimos paulatinamente a unos personajes bien caracterizados. Rebus es un melómano, que bebe demasiado, que observa la vida desde la torre que se ha construido. Está divorciado, ha salido con alguna mujer y observa, más que vive. Pero el personaje que más me interesa es Siobhan Clarke, treintañera en crisis, como todos los treintañeros solteros en esta sociedad posmoderna (calificativo-refugio que lo justifica casi todo). Por supuesto, no conecta con el joven y ambicioso Lindford y sus dudas existenciales tienen más cosas en común con el viejo Rebus. Además es futbolera y del Hibernian.
Novela, pues, más que recomendable para conocer Edimburgo, Escocia y para conocernos.




















Comprendo perfectamente el porqué del éxito de Amelie Nothomb: su originalidad. Dos personajes y una profunda conversación. Más teatro que novela, ésta es una obra alrededor de la culpabilidad y del engaño.
No llega a las cien páginas, demasiado breve para ser una novela, demasiado largo para ser un cuento. Lo menos que le podemos decir es que nos mantenga alerta durante todo el relato. Y lo consigue, con dificultad, pero lo consigue.
Los personajes son excesivamente estereotipados y el protagonista a veces es poco creíble (entendiendo perfectamente el sentido de la novela). El final no es tan inesperado como a la larga podría parecer porque la narración va siempre avanzando en una misma dirección.
Original, sí, impactante, no.


















El Nobel Coetzee
no me atrapó en Diario de un mal año. Pero como todos en la vida merecemos segundas oportunidades, se la concedí.
Desgracia es una maravillosa reflexión sobre Sudáfrica. Es una exposición de las diferencias culturales, económicas y sociológicas entre negros y los blancos. Es un libro detallista, narrado en presente, deliberadamente lento en su acción, lo que nos permite degustarlo con más placer. En él no hay artificio ni mentira y su lectura infringe una dosis de frialdad sobrecogedora a nuestro interior
Un quijotesco profesor universitario y una alumna en Ciudad del Cabo; una lejana granja en el campo donde vive su hija. Dos escenarios opuestos sobre los que giran las páginas de una extraordinaria pero "siniestra" -palabra empleada por el propio protagonista- historia que me recuerda en su agobio existencial a El proceso. Sudáfrica en estado puro tras el apartheid. Un mundo duro y asfixiante completamente incompresible para los ojos de la vieja Europa. Y cuando ese universo nos supera, Coetzee, con gran inteligencia, recurre a la escapatoria del arte por medio de Byron y apela a la sensatez sanchopancesca en forma de la exmujer del protagonista.
En definitiva, un libro imprescindible, de un autor (ya imprescindible en mí) que, como todos en la vida, se merece una segunda oportunidad.



Hacía tiempo que no leía algo tan fresco y original. Se trata de una obra nada pretenciosa, que lleva el realismo hasta el límite de las más absurdas situaciones pero sin que caigamos en la incredulidad. Porque la historia de Ágata -que es la historia de Ágata y Jochi- está narrada con tal naturalidad que todo lo que ocurra nos lo vamos a creer.
Ágata quiere ser despedida de su empresa y escribe correos que no le llega a enviar a su ex, a Jochi. Porque cuando alguien te ha marcado y has vivido tantas cosas junto a él, es inevitable que le sigas hablando, aunque ya no esté. Y es inevitable que le ames. Y es inevitable que le odies.
Si supieras es un libro pesimista en su vitalidad, que nos ofrece un cruel relato de lugares comunes de nuestra sociedad: una oficina, una jefa, un compañero, una infidelidad, un chat, un ex, un mail. Los treinta años, la edad de la verdadera adolescencia en la actualidad.

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Actualización: 6 de junio. Me encanta el blog de María Sirvent.























Algunas veces vivimos dentro de castillos de cartón o de arena -qué más da- sabiendo que algún día serán destrozados por el viento, por el agua o por el fuego. Por desgracia -o por fortuna- la naturaleza, tarde o temprano, acabará imponiendo su crueldad. Almudena Grandes aborda con solvencia una temática que, en teoría, podría dar lugar al uso de clichés: el triángulo amoroso (o tal vez mejor dicho: el trío sexual). Sin embargo, logra dotar a esa historia de la sensibilidad necesaria como para hacerla creíble. La pintura, el sexo, la amistad, los celos, el dolor, el amor y el humor acompañan la vida de tres personas que se necesitan pero que, al mismo tiempo, saben que ese universo de cartón que han levantado no puede tener futuro.
Como dice Nuria Labari, en El Mundo, destacan las referencias pictóricas, ofreciendo al lector un excepcional catálogo de terminología técnica, pero con la cercanía suficiente como para comprender a la perfección las características del estilo artístico de cada protagonista.
Como telón de fondo, aunque poco desarrollado, aparece ese Madrid de La Transición, de los ochenta y de La Movida, que a algunos nos hubiera encantado conocer y que Grandes describe de manera genial: “teníamos veinte años, Madrid tenía veinte años, España tenía veinte años y todo estaba en su sitio.

Por cierto, creo haber descubierto algo.

Desde ese momento comienza a funcionar la maquinaria de recuerdos de ella, que se dividirá en cuatro partes: arte, sexo, amor y muerte. Cuatro fuentes de sentido que serán las encargadas de articular la biografía de la protagonista y que ocuparán la mayor parte de la narración.


Desde ese momento comienza a funcionar la maquinaria de recuerdos de ella, que se dividirá en cuatro partes: arte, sexo, amor y muerte. Cuatro fuentes de sentido que serán las encargadas de articular la biografía de la protagonista y que ocuparán la mayor parte de la narración.

Muy similar... Tal vez sea un texto de la Editorial, pero entonces debería ir entrecomillado, ¿no?