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Ahora también salgo en un podcast, donde comparto tertulia futbolera sobre el Real Madrid con gente muy buena. Al final de la página se encuentra el gadget de La Décima. También hemos montado una web, lo que implica que escriba menos aquí.
De mi abuelo recuerdo especialmente tres imágenes, como si fueran las fotografías de un álbum. En la primera, él se encuentra sobre cama fumando un Ducados (era lo primero que hacía cada día). En otra, le veo durante una comida familiar, cortando queso, muy despacio, casi milimétricamente. También viene a mi memoria, por último, su figura en un sillón del salón -su sillón- fumando mientras escuchaba en un viejo transistor el Carrusel Deportivo.
A mi abuelo le apasionaba el fútbol. Quizá hubiera sido un gran entrenador. Cuando yo era niño los domingos me llevaba al Antonio Amilivia -ya desaparecido- para ver a la Cultural. Me decía, con el puro en la boca, que no me fijara en quién llevaba la pelota sino en cómo se movían los que tenía cerca. De la Guerra Civil solamente me contó dos cosas: que había sido chófer en la Batalla del Ebro y que una vez jugaron un partido de fútbol contra los oficiales y le paró un penalti al Capitán.
Cuando había un partido importante siempre iba a su casa a verlo. Se tenía que situar a poco más de un metro de la pantalla porque casi no podía ver. (Le habían operado varias veces y nunca supe lo que era capaz de distinguir).
La noche del 17 de noviembre de 1993 los dos estábamos frente al televisor para vibrar con un vital España-Dinamarca. Si España ganaba, jugaría el Mundial de Estados Unidos. Mi abuelo me había cantado la alineación de carrerilla nada más que me oyó entrar por la puerta: Zubi, Ferrer, Alkorta, Nadal, Giner, Camarasa, Hierro, Bakero, Goikoetxea; Luis Enrique y Salinas. (También era capaz de citar, entre otras muchas, la alineación de la Cultural durante la única temporada que jugó en Primera). Inmediatamente añadió que el portero danés Meikel -refiriéndose a Peter Shmeichel- era muy bueno, y que el hermano de Laudrup también. Durante un rato estuvimos discutiendo sobre Javi Clemente. Para mi abuelo -que, por cierto, era hincha del Bilbao- el de Baracaldo era un mediocre entrenador. A la selección, decía, tienen que ir Fran, el del Coruña, y Míchel. Yo le respondí que España no tenía gente suficiente para jugar al toque y que creía que Clemente lo estaba haciendo bien.
El partido comenzó y pronto expulsaron a Zubizarreta. Mi abuelo me preguntó:
-¿Quién entra de portero? -supongo que apenas veía nada en la pantalla.
-Cañizares.
Mi abuelo, que no se perdía ni los partidos del Celta -con todo el respeto para el Celta- me dijo que estuviera tranquilo, que aquel chico era el mejor portero de España (Cañizares había sido Trofeo Zamora la temporada anterior). Luego todos sabemos lo que ocurrió: Cañizares hizo una serie de paradas increíbles y Fernando Hierro anotó de cabeza el definitivo 1-0 al gran Peter Meikel.
Al terminar el partido, mi abuelo y yo nos abrazamos como hacíamos en el antiguo Amilivia cuando yo todavía era niño -y él todavía no era viejo- y marcaba la Cultural.
Pocos meses después mi abuelo falleció. Nunca me acuerdo de la fecha de su defunción, pues yo prefiero recordarle los 17 de noviembre, la fecha de aquel último abrazo que nos dimos.
*Texto ligeramente modificado de mi antiguo blog.
La foto es de El País
Sísifo
Autor:Tiziano
Fecha:1548/49
Museo:Museo del Prado
Características:237 x 216 cm.
Material:Oleo sobre lienzo
Falcao, a pesar de que al parecer lloró en el Punto Pelota, tiene que jugar la próxima temporada en un Real Madrid que el pasado domingo viajó hasta Mallorca. Para los blancos, la isla tiene poco de aquella que cantaban Los Tres Sudamericanos y mucho de aquella de Lost, aunque ya no esté ese terrible humo negro que era Samuel Eto'o. Mou, por supuesto, sería Sawyer porque el papel del buenazo, heroico y melifluo Jack se lo otorgaron hace tiempo a Iker Xavillas.
En la portada de la revista del corazón que regalan con El Diario de León los domingos ponía que Sergio Ramos ya había presentado a Pilar Rubio a sus padres. Tal notición quizás también saliera en la prensa deportiva, que ya es lo mismo que la rosa, o más rosa aún que la propia rosa. Pero todavía hubo otra presentación (más trascendente si cabe para el Madrid que aquella de Cristiano hace un par de años ante un Bernabéu enfervorizado de latinos y adolescentes, sin socios burgueses -probablemente de vacaciones en Marbella o en la propia Mallorca- o aburguesados): Los Casillas-Carbonero y Los Ramos-Rubio. PELIGRO.
Todo un Real Madrid en la Isla Mayor y el estadio, que antes se llamaba Son Moix y que ahora se llama Iberostar (y que el año pasado o hace dos se llamaba Ono), presentaba un aspecto desolador.
Dice el Almanaque al respecto:
Como viene siendo habitual en la Liga el estadio no estaba lleno porque los precios se mantienen altos mientras diversos estratos sociales se precipitan al vacío, de tal manera que son relativamente pocos los privilegiados que pueden permitirse odiar en directo, y menos aún odiar en directo al Real Madrid de Cristiano y Mourinho, la muleta a abominar más elaborada y memorable de la sociedad del espectáculo del bipartidismo español.
Pipita abrió pronto la caja de la ensaimada caparrosiana tras un error de la defensa. Fue entonces cuando Santiago Segurola comparó al argentino con Sísifo:
Higuaín es una especie de Sísifo del fútbol. Por muchos goles que logre, por importantes que sean, por eficaz que haya sido su producción en cada uno de sus seis años en el Real Madrid, comienza cada temporada como si fuera un novato. Bastan dos o tres partidos discretos para obligarle a demostrar lo que ya ha mostrado repetidamente.
Pero se le olvidó decir al antaño prestigioso periodista que la condena a Sísifo estaba más que justificada. El propio Segurola, utilizando la terminología de moda, diría que Sísifo no tenía señorío. Pseudosísifo, más bien. Y es que, hasta hace unos años cuando servidor escuchaba "señorío", se remitía solamente a significados historiográficos. Medievales, sobre todo; hoy, por desgracia, la primera acepción en mi diccionario me conduce al fútbol.
El Madrid no tiene señorío, eso ya lo sabemos, pero al de Madeira le pitaron desde el primer balón que tocó. Cuenta la verdad o la leyenda que Di Stéfano le hizo a los sevillistas que le silbaban el gesto de dirigirles la orquesta. Luego una buena jugada: Ozil, Di María, Pseudosísifo y Cristiano, que la empaló hacia el fondo de la red. El angelito lleva 164 goles en 158 partidos de blanco. Más pitos, ese portugués qué hijo puta es y Cristiano maricón. Cristiano respondiendo a la grada como respondía Don Alfredo en Sevilla cuando aún no se había inventado lo del señorío. Al final 0-5 en medio de ese deporte nacional que es pitar al Real Madrid: Míchel, Guti, Cristiano, maricones todos.
Lo escribí el día del Osasuna - Madrid y no lo subí. Nunca es tarde:
El temor a la batalla. El soldado ante el objetivo. Que todo comience ya, que sea lo que Dios quiera, piensa. Durante las horas previas al partido en El Sadar se percibía mucho miedo en la afición madridista 2.0. Pamplona no se da bien a los merengues. Es un lugar hostil, una plaza fuerte. Buyo ejecución, se escribía no hace tanto en algunas pancartas. Pero esta enemistad no viene de fines de los ochenta. Nos debemos remontar a la Transición. Algunos ejemplos ilustrativos: se tiró una camiseta con el siete de Juanito envolviendo un cochinillo -alguno de otro campo supongo que se inspiró...-, Valdano recibió un tornillazo, a Gallego le dieron con una castaña en el ojo, etc. Suponemos que fue culpa de Mourinho, también.
El Sadar es para el madridismo la metáfora de la ciudadela. Pamplona fue uno de los lugares donde se llevó al cotas más altas la Poliorcética. Leemos en la Wikipedia que, según Alicia Cámara en la obra Muraria, la "Ciudadela debe ser entendida como una forma de dominar una ciudad de la que era posible esperar una rebelión" y como el embajador Contarini advirtió que "todos los de este reino tienen odio a los españoles y desean que vuelva su rey natural Juan de Albret".
La tensión de la batalla pronto desapareció. Una victoria más sencilla de lo esperado. Cristiano centró desde la izquierda y Benzemá hizo uno de los goles del año. La fortaleza empezaba a ser asaltada. El juego entró en un dubitativo paréntesis, a la espera de que alguien ofreciera algo de valentía. Y fue Cristiano. El mejor atleta del planeta juega al fútbol. Cuando lo celebran con bailes es ridículo, pero aquí mostró hombría señalándose el muslo. El más caro del planeta. El baluarte, salvo milagro, había caído. Y no hubo tal porque Higuaín obligó a los navarros a firmar la rendición. Los términos: 1 a 5.
Acostumbrado al cuadro neoclásico, de sofá y pijama y de caballete en estudio, contemplar el Bernabéu desde dentro, desde el plenairismo, produce una sensación como de Monet. Impresión, sol naciente. Impresión, Bernabéu, lo denomino.
Si uno ha conocido los monumentos y espacios más representativos de la capital de España, ¿por qué no ha pisado jamás ese estadio, que además conlleva una fuerte carga emocional? Hay dos explicaciones. Una, muy de justificación, puede ser el destino. La otra, me la guardo.
Comenzó golpeando el Levante en la ya clásica falta de concentración inicial blanca que el Real Madrid no logró devolver hasta el final de la primera parte. CR7, CR7 y CR7.
Quizás no fue una simple casualidad que el ya mito Roberto Carlos hiciera el saque de honor en el mismo día que Cristiano realizaba ese golpeo descomunal. Quizás tampoco fue una simple casualidad que ese golazo significara el 4000 de la historia del Bernabéu. Quizás Ronaldo había esperado a la conjunción de tan memorables acontecimientos.
Cristiano lo celebró con un ridículo saltito al alimón con Mou, luego diluido en una emotiva comunión grupal madridista. Porque el madridismo lo representan mejor los que están en el césped que los que están en la grada. Cerca de mí unos tipos comían pipas junto a una pancarta para que Los Manolos les sacaran en la Cuatro.
A Cristiano le cantó todo el estadio. A Mou no. El otro cántico común fue la negativa a que allí se jugara la final de Copa del Rey. Sólo eso: oda a Cristiano y un no a la Copa. El Santiago Bernabéu es un ente silente, desconcertante para el novato. Es un espacio sobrecogedor que sobrecoge aún más por la carencia de sonidos -sobrecogedor, Bernabéu. Impresión, Bernabéu-. Ese lugar es contradictorio, es una anomalía generadora de intrigas, es un teatro griego.
El Levante de JIM demostró su posición en la clasificación evitando la goleada humillante y marcando el tres a dos, dejando nuevamente al aire las vergüenzas de la defensa. El cuarto del Madrid lo hizo Benzemá, con mucha calidad. Poco a poco los aficionados comenzaron a marcharse hasta dejar casi el estadio vacío sin haber terminado el encuentro. Un encuentro que, más que con un resultado de cuatro a dos, finalizó con diez puntos de distancia sobre el segundo para, salvo catástrofe, conquistar el título. Un título tan impresionante como el Bernabéu.
Amenazaba glaciación en Getafe. Tal vez la explicación se encuentre en esa propensión madrileña a exagerar con el tiempo -y el espacio-. Amenazaba con un traspiés que se traduciría en tormenta dominical antimourinhista en la prensa. Javier Marías ya tenía escrito lo suyo y no era cuestión de dejarlo sin publicar, pasara lo que pasara (pero quizás Diego lo guardó en un pendraiv o en el dropbox a la espera de ocasiones mejores). La calidad de imagen del estrimin era aceptable, mucho más que los comentarios de la ESPN que hablaban de una cosa llamada tiquitaca intelectual que no llegué a comprender.
La primera del Getafe casi entra, otra de esas acciones extrañas que tanto se dan en nuestros partidos y que nos remontan a tiempos más oscuros de los que casi nadie ya se acuerda. Desde entonces la amenaza se congeló. Un Xabi Alonso en manga corta hizo su mejor partido del año, lo que no es mucho pero al menos ya es algo. El tolosarra realizó la jugada del siglo, inventando una nueva suerte: logró desplazar el balón sin tocarlo. Özil sigue en el camino de convertirse en el mejor jugador de Europa. Y Ramos marcó.
Lo bueno del mourinhismo es que amenaza hasta a las amenazas. Estoy convencido de que este buen Getafe de Luis García nos hubiera ganado años atrás. El look del portugués cada día es menos british, menos del Armani o del Versace milanés y cada vez más portugués, como si fuera una premeditada metáfora del antiseñorío. Aparecía Mou en el Coliseo despeinado por el viento de Getafe, ataviado con un plumas, que le hacía más gordo. Habrá hasta quien piense que quiere benitizarse (benitizarse de Rafa Benítez, no de Goyo Benito) ahora que el ex Liverpool salió a la palestra como autofuturible.
Todo acabó con Granero, que no jugó más que los últimos minutos y que fue el último en salir del estadio porque le costó mear. Pasa hasta en las mejores familias. Supongo que entre trago y trago (de Isostar, Gatorade o hasta Red Bull, quién sabe) le dio tiempo a leer unos poemas. Como ese de Borges que habla del ajedrez -¿se podrá hacer tiquitaca intelectual en ajedrez?- y que a mí siempre me parece que habla de fútbol:
AJEDREZ
I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
El otro día me pidieron de nuevo unas palabras para Yahoo! Eurosport (y compartí, con mucho orgullo, página con el gran @hugobonet):
Me ha costado mucho escribir esto. Mis lágrimas caen sobre las teclas del ordenador porque los madridistas estamos de luto. El entorno es lo que dice, ¿no? Da la impresión, por lo que leemos, escuchamos y vemos, de habernos hundido en el lodazal tras unas últimas temporadas gloriosas. Parece que hemos sido los dominadores del panorama futbolístico y ahora nos encontramos en una situación límite.
Pues no, ¡claro que no! Estamos vivos y coleando en la Copa de Europa y con una ventaja sustancial en la Liga. Y con posibilidades de pasar de ronda en la Copa del Rey. Será un partido complejo y duro, ante un gran rival que se nos atraganta. Pero este equipo siempre se ha caracterizado por luchar hasta el final. Así que, como diría un viejo conocido:
"Me están embaucando a algunos de ustedes. Y eso es lo que no me gusta que los embauquen, que los engañen. O sea que... ¡Al loro! ¡Que no estamos tan mal, hombre!"
Recupero algo que escribí en otro blog:
Fue Edmund Burke quien, en A Philosophical Inquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful (“Una investigación filosófica sobre el origen de nuestras ideas de lo sublime y lo bello”), publicado en 1756, redefinió el concepto estético de lo sublime como algo categóricamente distinto a lo bello. Se trataba de algo más cercano a lo estremecedor. Se trataba de algo catártico, en el sentido aristotélico. Se trataba de algo cuyo perfecto ejemplo fueron las posteriores pinturas de Gaspar David Friedrich.
Si extrapolamos dicho concepto al fútbol (lo que no es, en absoluto, descabellado porque el deporte ya se ha convertido en un fenómeno cultural de masas, como el cine de Hollywood o los conciertos de música pop), podemos afirmar que lo suublime hoy es representado por aquellos equipos que se caracterizan por un juego rápido, de gran desgaste físico, muy efectivo e impactante.
Realizando un ejercicio de paragone, prefiero a Picasso que a Klimt, y a Goya que a Mengs. También me atrae más Uma Thurman que Claudia Schiffer. El placer estético, pues, se puede alcanzar por muchos caminos. Y el gusto es algo individual. De lo contrario, volveríamos a la imposición de la Academia francesa dirigida por Le Brun. Si regresáramos a la dictadura de lo que tiene o no tiene que gustar, quizá se deberían prohibir las heterodoxas películas de Tim Burton en favor el clasicismo de Garci.
Hoy en el fútbol parece que sólo existe un canon: el del toque. Da la impresión de que nos remontamos a la Atenas de Pericles, donde toda estatua humana, según dictaminó Polícleto, debía de tener la altura de siete cabezas. Sin dominio de la posesión no hay belleza, dicen los defensores de un modelo de juego barroco y preciosista. Para mí, sin embargo, hay tantas vías para agradar como tipos de concepción futbolística sean posibles. No me disgusta el equipo que se encierra en su área para defender: si consigue sus objetivos —Maquiavelo como referente—, es algo totalmente lícito. El entrenador portugués Jose Mourinho es el máximo exponente de una visión del fútbol cercana a lo sublime (en el lado opuesto se debería ubicar a Josep Guardiola). Los equipos del luso juegan explotando todas sus armas, derrochando energía, llegando a asfixiar a los enemigos. ¿Acaso no hay belleza en los castillos? ¿Acaso no es hermosa la ciudadela de Pamplona? Una defensa bien pertrechada puede producir un enorme placer estético al espectador. Al igual que nos puede agradar lo bello, lo puede hacer lo angustioso, como en el Grito de Munch o en las obras de Kafka. O la defensa del Inter o el contrataque del Chelsea.
Lo anterior fue escrito antes de que Mourinho entrenara al Real Madrid.
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