TWD es una pizza del Mercadona. Cumple su objetivo. No nos puede defraudar porque no tenemos grandes expectativas del producto. Zombis. Y unos tipos que tratan de sobrevivir. Una primera temporada buena, un inicio de la segunda prometedor, una laguna enfangada a la mitad pero una aceptable resolución que nos deja con la tensión suficiente para esperar la tercera.
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El otro día fueron los idus de marzo. Vi a Julio César caer por aquella conspiración en el Senado de Roma, y a Bruto asestándole la puñalada final. Como si de un viaje en el tiempo se tratara, Roma, la serie, ha revivido en mí nuevos deseos de profundizar en el pasado clásico. Apenas recordaba ya (debería avergonzarme, supongo) las figuras de Marco Antonio o de Pompeyo. Apenas recordaba cómo se cruzaba el Rubicón o la batalla de Mutina. Por supuesto, nos encontramos ante una serie y esto lleva implícito determinadas concesiones al género, pero HBO demuestra, una vez más, que sus productos son de una calidad excepcional. Una de esas concesiones es la presencia de los dos protagonistas, Tito Pulo, y Lucio Voreno (atención, inspirados en personajes reales, como bien señalan en historiaclasica.com pero que aquí son ficcionados), que llevan el peso de la serie y sirven de nexo entre las clases bajas y altas. Voreno y Pulo representan dos personalidades El guión es vibrante, lleno de conspiraciones, verdades y mentiras, y se complementa con una excepcional puesta en escena (por lo visto carísima, lo que condujo a la cancelación de la serie, a pesar de sus buenas audiencias). Roma, la serie, es en definitiva un documento imprescindible para disfrutar de la realidad ficcionada de ese colosal pasado que fue Roma, la historia.
La aclamada serie británica Th Office trata de analizar de una manera irónica -como solamente los ingleses saben relatarlo- el comportamiento de un grupo de individuos durante sus horas de trabajo. La narración se acerca al documental y la cámara se mueve como si nos encontrásemos en un Gran Hermano del trabajo contemporáneo. Los protagonistas reflejan una realidad humana aceptable y creíble, donde la evidente exageración de los estereotipos nos conduce a una sonrisa más cercana a lo amargo que a lo puramente cómico.
A la espera de ver su versión estadounidense, podemos decir que The Office, a nuestro juicio, se sitúa en el más elevado escalafón de las series, compartiendo liderazgo con auténticos pesos pesados como Lost, Dexter o Hermanos de Sangre.
Observar un partido de la liga española de baloncesto cuando puedes disfrutar con otro de la NBA es un acto arriesgado. El único motivo que me lleva a estar a favor de la contemplación del nuestro frente al suyo es el puramente sentimental, pues todavía -no sé si por mucho tiempo- siento más cercano a Felipe Reyes que a Pau Gasol. Algo parecido me debería pasar con las series. Sin embargo, en éstas, al no existir el componente pasional que, sin duda, posee el deporte, las comparaciones resultan aún más odiosas. Quizá por eso prefiero ver a Jack en Lost que al inefable doctor Mateo (¿por qué no hablan con el acento del lugar donde se sitúa la acción?). Ha llegado un momento en que ya no me importa que el retrato de una isla misteriosa sea infinitamente menos cercano que el de un pueblecito asturiano. Me da lo mismo. Lo único que quiero es disfrutar frente a la pantalla.
Apenas veo cine. Las excepciones que me permito sirven para convencerme todavía más del ocaso del modelo tradicional. Los buenos guionistas ahora hacen series de televisión.
Todo comenzó -hace algunos años- con Lost. Primero leí a Stevensson y a Verne; más tarde a Wells. Islas, viajes en el tiempo.Ése era un camino destinado, sin saberlo, a ver Perdidos.
Como si se tratara de un sincretismo de la ficción del nuevo milenio, las aventuras de los supervivientes de un accidente aéreo nos transportan a una misteriosa isla en la que se descubre la verdadera condición humana. Eso es Perdidos: realidad sobre ficción. En la isla, el hombre se reencuentra con el hombre. Con su presente, con su pasado y con su futuro. No hay otra situación más real que ésa: ubicarnos en un universo fantástico donde todo es posible.
Como si se tratara de un sincretismo de la ficción del nuevo milenio, las aventuras de los supervivientes de un accidente aéreo nos transportan a una misteriosa isla en la que se descubre la verdadera condición humana. Eso es Perdidos: realidad sobre ficción. En la isla, el hombre se reencuentra con el hombre. Con su presente, con su pasado y con su futuro. No hay otra situación más real que ésa: ubicarnos en un universo fantástico donde todo es posible.
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