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Se dispone uno a desayunar y en el ínterin transcurrido entre la explosión del vapor de la cafetera y la introducción de la magdalena en el café descubre que la ciudadanía ha adquirido un nuevo derecho: el de ver por la tele a los políticos hablando en los bares cutres. Es lo que he leído en Twitter a un tipo que, al parecer, compara lo que vimos ayer en el programa de Jordi Evolé con la educación o con la sanidad pública. Yo, que hasta preferí ver a Bustamante y a Calleja en Noruega, y que cuando puse lo de Iglesias versus Rivera no aguanté más de quince minutos, ahora me siento fatal. Sobre todo, porque me parece grotesco que se traslade la política a un bar cutre. Y no por el hecho de ensuciar la política en un bar cutre, sino, por supuesto, por el hecho de ensuciar los bares cutres con algo como la política. Los bares, esos lugares tan gratos para conversar, como decía Jaime Urrutia, han sido hasta ahora un oasis. En los bares cutres hemos sido tan felices que sólo faltaba que vinieran ciertos políticos con su café con leche de atrezzo a debatir y nos impidiesen tomarnos las mahous tranquilos. En resumidas cuentas, se trata de que cada uno se dedique a lo suyo: que los políticos se dejen de tanta tele y de tanto bar y se dediquen a la política (que no se hace ni en la tele ni en los bares), y que los bares se dediquen a todo menos a la política, es decir, a nosotros. 


















Hoy viajaré de nuevo en El Tren. Mi tren. El tren que me hace sentir lo que ningún otro tren. El tren sobre el que escribí hace algún tiempo:
 Un tren. Un viaje. Infinitas historias

Gracias al Kindle (y a una carpeta que he creado denominada "acabados") he podido llevar a cabo una vieja aspiración: recordar los libros que leo durante un año -al menos en formato digital-. La lista de los leídos o releídos en formato digital -temas académicos aparte- es la siguiente: 


  1. Ajram, Josef: ¿Dónde está el límite?
  2. Barreau, Jean-Claude y Bigot, Guillaume: Toda la historia del mundo
  3. Baudrillard, Jean: La sociedad de consumo
  4. Beevor, Antony: El Día D
  5. Binet, Laurent: HHhH
  6. Bloom, Harold: Cómo leer y por qué
  7. Camacho, Santiago: Biografía no autorizada del Vaticano
  8. Camba, Julio: La rana viajera
  9. Cercas, Javier: Anatomía de un instante
  10. Chaves-Nogales, Manuel: A Sangre y fuego
  11. Dueñas, María: El tiempo entre costuras
  12. Dueñas, María: Misión Olvido
  13. Espinosa, Albert: El mundo amarillo
  14. Fukuyama, Francis: El fin de la Historia
  15. Gaarder, Jostein: El mundo de Sofía
  16. Gómez-Jurado, Juan: Espía de Dios
  17. Houellebecq, Michel: Las partículas elementales
  18. Isaacson, Walter: Steve Jobs
  19. Kepler, Lars: El hipnotista
  20. Krakauer, Jon: Mal de altura
  21. Luca de Tena, Torcuato: Los renglones torcidos de Dios
  22. Muñoz Molina, Antonio: En ausencia de Blanca
  23. Murakami, Haruki: 1Q84 (Libro 3)
  24. Niño Becerra, Santiago: El crash de 2010
  25. Nesbo, Jo: El redentor
  26. Nesbo, Jo: La estrella del diablo
  27. Nesbo, Jo: Nemesis
  28. Nesbo, Jo: Petirrojo
  29. Ortega y Gasset, José: La rebelión de las masas
  30. Pérez-Reverte: El tango de la Guardia Vieja
  31. Pérez-Reverte, Arturo: Ojos Azules
  32. Pynchon, Thomas: La subasta del lote 49
  33. Sensato, Raúl: Héroes del Silencio, un fenómeno contado en primera persona
  34. Urbano, Pilar: El precio del trono
  35. Trapiello, Andrés: La tinta simpática
  36. Trueba, David: Saber perder
  37. Zweig, Stefan: Novela de ajedrez

Hasta he realizado una infografía -que tan de moda están- con algunos comentarios:





La bellísima foto es de J. F. Salvadores










Ayer, el periodista leonés Fulgencio Fernández le hizo un reportaje al mítico 'Grillo' de Casetas. Luego busqué en Google "Las Casetas de Oceja", que es como realmente se llama aquel lugar.
Para mi sorpresa (quizás por eso que llaman caché), la primera entrada pertenecía a un blog que escribí durante un tiempo y que había olvidado totalmente porque corresponde a una época a la que me cuesta regresar y no quiero recordar. Una bitácora (entonces también se llamaban así) que, por esas cosas inexplicables del destino, tenía por nombre: Víspera de resplandores. Bueno, por esas cosas inexplicables del destino y porque era el título de una hermosa canción de los Héroes del Silencio.
La segunda entrada que apareció en el buscador fue la de otro buen periodista leonés, más joven, Emilio Gancedo. Muy interesante, también. Y también dedicada a 'El Grillo', como la de Fulgencio. Pero también llama Casetas a ese lugar realmente llamado Las Casetas de Oceja, un lugar terrible para mi universo porque allí se mató mi abuelo en 1954. Uno de 'Los 14'.



















Se incendia el terror
Cuando llega el dolor

Lleno de brutalidad
Se aproxima hacia el final

Y en la playa se ahoga el destino
Y en los fiordos noruegos lloras conmigo

Se viene el pavor
Cuando no somos dos

Lleno y pleno de maldad
Hasta la eternidad






















Hace exactamente un año escribí esto en la Comunidad Twittera: El día que dejé de ser un niño. 

Exactamente hoy a las 13:25 hizo quince años que dejé de ser un niño. Por desgracia, no fue por culpa de una mujer (como yo había había imaginado, gracias a las engañosas enseñanzas de las series americanas) sino de una banda de malnacidos.
Aquel aciago veintidós de diciembre de 1995 nos dieron las vacaciones de Navidad. A priori, debían ser unas fiestas memorables. Con dieciséis años -en aquel ya extinto tercero de Bup-, crees que te vas a comer el mundo, piensas que esas fechas serán las últimas y opinas que debes exprimirlas a tope. Quizás simplemente deba de ser así.Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante, que diría Gil de Biedma.
En el recreo habíamos bebido champán y los curas nos dejaron salir antes de clase. Lógicamente, fuimos a celebrarlo; no nos había tocado la lotería pero ya éramos mayores. Hasta podíamos entrar en los pubs sin carné. Nos metimos en un pequeño y mítico bar con billar para continuar con aquella eterna mañana que prometía prolongarse hasta la noche.
Y, de repente, un ruido. Ese ruido. El Ruido. Y después, la incomprensión. Y más tarde, la indignación. Y el odio racional. El faulkneriano El Ruido y La Furia lo define a la perfección, pues la memoria es una zorra traicionera que miente; pero el dolor es real.
Supongo que entonces todos sentimos lo mismo: mis compañeros de partida de billar, la gente que se amontonaba en la plaza de la Estación de Matallana, aquellos que corrían calle de Renueva hacia arriba. Una bombona de butano, se rumoreaba. Llegamos a la confluencia entre las calles Ramón y Cajal y Renueva. Inmediatamente comprendimos que no, que aquello no era una bombona. Ante mis ojos, un Ford convertido en amasijo de hierros. Y, por desgracia, eso no era lo peor en de aquella escena dantesca. Ruido. Furia. Atentado. Asesinato. Puta mierda de vida. 

Hoy confieso por primera vez que, desde entonces, casi todos los años he vuelto a ese maldito lugar cada veintidós de diciembre. Miro a mi alrededor y ya no veo lo que mis ojos me muestran sino las escenas y los sentimientos de entonces, trasladándome a aquella mañana en que no sé si me hice un hombre, pero está claro que dejé de ser un niño.

Pd: yo sólo dejé de ser un niño, pero desgraciadamente, otros dejaron de ser hijos para convertirse en huérfanos.

 

Hoy no eres lo suficientemente cool si no estás a favor del libro electrónico. Algo similar a lo que sucede con el fútbol, donde si te declaras mourinhista pasas a formar parte de ese grupo de malditos herejes que se oponen a la ortodoxia reinante. La heterodoxia que supone amar al libro de toda la vida, ese que, además de leer, algunos olemos y tocamos -experiencia estética, más bien-, implica caer en el pecado mortal de lo retrógrado. Me gusta el libro como objeto. Como decía el otro día en el Twitter, jamás me dio por venerar a los discos de vinilo o a los cedés. En cuestiones musicales el formato siempre fue lo de menos para mí y, aunque haya supuesto una pérdida de la obra en favor de la canción, prefiero el formato digital. Tampoco me importa ver una película en el ordenador. Es más, lo prefiero al cine, ya que puedes pararlo y levantarte a mear o abrir la nevera y cortar unas rajas de salchichón. Sin embargo, me da miedo que desaparezca ese íntimo acto sensorial que sucede al leer una novela en papel.

Pd: igual me compro un Kindle.


western
cabalgaba hacia el horizonte
sueños y olvido
el tren fue asaltado
irlandeses que bailaban un género nuevo
escoceses que se apellidaban mac
y las pepitas de oro















Concluir sin discusión
Que las margaritas no florecen
Que ya no estamos
Y que no seremos

Exilio y verdad
Disciplina y vanidad
Para contemplar lo que me queda
Ojalá



susurrar la ilusión
no sé qué es peor
tal vez la nada

Poli Díaz, en una imagen de 1989
Foto: Jaime Gutiérrez
 

Pernell Whitaker y adiós
Bienvenido a la casa de la decadencia
A las noches sin día
A nosotros, en cambio, nos gusta cómo suena la palabra ring
Ring. Ring. Ring. La llamada del cuadrilátero
Potro también suena deputamadre
Y Vallecas
Norfolk es, sin embargo, un lugar horrible
Nunca estuve allí. Pero lo sé
Ya no hay mitos, Poli
Ya no queda nada, Potro

Recorred los sueños mientras se disfruta con la perfección
Al despertar nada es como era
La cama dejó de ser aliada y sólo es motivo de dolor


talento que te sobra y derrochas
guerra
tú y yo
cazando fracasos
atletas de la derrota
sueños de vapor

Regresamos, porque todo vuelve, queramos o no

(aunque transformados por la vida)

Caminamos, con demasiadas maletas a nuestras espaldas,

lo más erguidos que podemos

Doy las gracias por estar de pie

Homenaje a Miró (y a mí)


Perdiste tantos trenes que ya no tienes ninguno que perder
Cierro la puerta de la estación —aunque sea automática— y camino en paralelo a las vías
Probablemente nunca te alcance. Nunca fue mi intención; ahora menos
Retrataré rostros que me recuerden el paso del tiempo
Seré como el tipo que algún día fui

Un proceso de desaprendizaje
Un ejercicio de depuración en el que no estás
Constelaciones, perros, lunas, soles, la torre Eiffel que pronto veré
Ya no será como creí que iba a ser












Mi guarida se construirá con los escombros de un edificio derrumbado
Pero lo pintaré de colores fosforescentes y pondré una música muy pero que muy pop
Me embriagaré del consumismo y me emborracharé con la superficialidad que despreciaba
Seré feliz o, al menos, Seré
Y cuando salga a la calle yA no me fijaré en las grietas de una ciudad decadente sino en los escaparates y en los maquillajes de los ojos de las chicas monas
Dejaré de leer poesías de desamor y de escuchar canciones de Quique González
Chic, cool, fashion, sofisticado. Un nuevo lenguaje
Un nuevo lugar en el mundo





















(Proyecto de Ledoux)

Parajes desiertos en la ciudad que me adormece
Mientras, diseño mi refugio
No
No hablaré más de ti porque no me quiero dañar

Al atardecer paseé por mi cercano pasado
Era casi tan verde como sus ojos


Pero ya soy otro
Pero ya no soy Tú, (que era lo que fui)

Avanzamos en el Alsa hacia Asturias. Inevitablemente todos nos asombramos del triste aspecto del pantano de Barrios de Luna. Se ven las cercas que antaño dividían las eras, se observan escombros de casas y de recuerdos, como un universo que resucita agonizante. El autobús se queda en un extraño silencio. Parece la sequedad de un pantano del norte a finales de octubre, que espera el regreso de sus emigrantes a los sumergidos -ahora emergidos- cementerios para honrar a sus muertos en el día de los difuntos. Todos miramos menos una: mi compañera involuntaria de asiento, que prefiere leer en una revista las estupideces de los famosos y que parece desear los bolsos de marca de mil euros que en ella publicitan. El resto del autobús pasa el pantano y no puede evitar detenerse a reflexionar. ¿Y ella? ¿Y el resto?

Supongo que a cualquier leonés con un mínimo de conocimiento le parecería raro el siguiente titular: "Asesinados estudiantes de la Universidad de León en 1936." Y no sería por lo controvertido del contexto histórico del momento, en medio de una guerra civil, sino porque la Universidad de León no fue una realidad hasta 1979, cuando la Transición propició -erróneamente, a nuestro juicio- la creación de decenas de universidades por toda la geografía nacional. (Esta página nos muestra dicha realidad de forma evidente.)
Sin embargo, algunos se quedan tan anchos. Por desgracia, el nivel cultural de muchos periodistas, tan alejado del deseable, provoca que titulares como el presentado anteriormente se cuelen entre las noticias que podemos leer a diario. ¿No sería necesario otro tipo de redactores, más apegados a los conocimientos locales e históricos, para determinadas noticias?

Hace cinco años que tengo el ordenador desde donde escribo y que me conecté a la red de redes por primera vez. Desde entonces mis conocimientos sobre su mundo se han multiplicado. Reconozco, sin complejos, que desconocía hasta la función de copiar y pegar. Era un analfabeto tecnológico, un ser que se encontraba al margen de la sociedad. Prefería leer a Ángel González (espero que no suene demasiado pedante). Pero en pocas semanas desde la compra de aquel artefacto, conseguí lo básico para sobrevivir en la nueva jungla digital. Y, pese a mis evidentes temores, me costó menos de lo esperado.
Tuvo que ser en el extranjero donde asistí a una asignatura en la que se ponía en relación los conocimientos humanísticos adquiridos con anterioridad con las nuevas tecnologías. Pese a mi inexperiencia y a las dificultades logísticas -allí no disponía de ordenador propio y tenía que apañarme para realizar los trabajos en equipos públicos- el esfuerzo dio sus frutos y obtuve una nota equivalente al sobresaliente español (el profesor era de la carrera de informática; no de letras). En un año los progresos realizados habían sido asombrosos para alguien como yo.
Hoy me defiendo. Conozco el funcionamiento de los principales programas, leo artículos y páginas más o menos especializadas.
¿Pero y al revés? Hoy es fácil poner un fondo nuevo a un blog, crear una base de datos, adjuntar una foto, incluso programar el "hola mundo" pero, extrapolando los conocimientos básicos tecnológicos a las humanidades, podríamos dudar que los tecnólogos sepan quién es Platón y qué es una Monarquia Autoritaria o lo sublime. Hay, pues, algo que va mal.