Algunas veces vivimos dentro de castillos de cartón o de arena -qué más da- sabiendo que algún día serán destrozados por el viento, por el agua o por el fuego. Por desgracia -o por fortuna- la naturaleza, tarde o temprano, acabará imponiendo su crueldad. Almudena Grandes aborda con solvencia una temática que, en teoría, podría dar lugar al uso de clichés: el triángulo amoroso (o tal vez mejor dicho: el trío sexual). Sin embargo, logra dotar a esa historia de la sensibilidad necesaria como para hacerla creíble. La pintura, el sexo, la amistad, los celos, el dolor, el amor y el humor acompañan la vida de tres personas que se necesitan pero que, al mismo tiempo, saben que ese universo de cartón que han levantado no puede tener futuro.
Como dice Nuria Labari, en El Mundo, destacan las referencias pictóricas, ofreciendo al lector un excepcional catálogo de terminología técnica, pero con la cercanía suficiente como para comprender a la perfección las características del estilo artístico de cada protagonista.
Como telón de fondo, aunque poco desarrollado, aparece ese Madrid de La Transición, de los ochenta y de La Movida, que a algunos nos hubiera encantado conocer y que Grandes describe de manera genial: “teníamos veinte años, Madrid tenía veinte años, España tenía veinte años y todo estaba en su sitio.

Por cierto, creo haber descubierto algo.

Desde ese momento comienza a funcionar la maquinaria de recuerdos de ella, que se dividirá en cuatro partes: arte, sexo, amor y muerte. Cuatro fuentes de sentido que serán las encargadas de articular la biografía de la protagonista y que ocuparán la mayor parte de la narración.


Desde ese momento comienza a funcionar la maquinaria de recuerdos de ella, que se dividirá en cuatro partes: arte, sexo, amor y muerte. Cuatro fuentes de sentido que serán las encargadas de articular la biografía de la protagonista y que ocuparán la mayor parte de la narración.

Muy similar... Tal vez sea un texto de la Editorial, pero entonces debería ir entrecomillado, ¿no?




El instinto de conservación hace que siempre dirijamos nuestra atención hacia lo que más nos amenaza, pero esto implica necesariamente una infravaloracion de otros planos o hechos también importantes. Entonces, ¿qué ocurre al otro lado? ¿Qué está pasando en el lugar al que nadie atiende? Por esa razón el World Press Photo de este año -otorgado hace una semana al freelance italiano Pietro Masturzo- es sumamente interesante, pues el motivo principal es, en realidad, algo teóricamente secundario. (Un recurso similar realizaba Velázquez en muchos de sus cuadros, como Las Hilanderas, donde la escena más importante estaba en el segundo plano).
La imagen ganadora es un paisaje urbano en el que se observan los tejados de Teherán. Las azoteas son como espacios mágicos del urbanismo, lo más parecido a las montañas, lugares solitarios donde el hombre puede escapar del resto de los hombres, territorios en los que el individuo puede acercarse al cielo y observar lo que ocurre desde las alturas. El instante que capta la imagen es de una belleza inquietante: dos mujeres gritan, de noche, en el contexto de las protestas iraníes durante las convulsas manifestaciones tras las elecciones de junio de 2009. Muchos desconocíamos aquellas reacciones femeninas nocturnas. Muchos desconocíamos aquella Cara b que nos enseña Masturzo. Porque no siempre uno debe fijarse en lo que atienden los demás y hay gente inquieta por demostrarnos otras perspectivas; otras verdades.


Los Premios Planeta suelen ser como los grandes derbis de los partidos de fútbol. Generadores de mucha expectación para que, al final, todo se reduzca a un decepcionante partido demasiado trabado, que termina con un empate a cero goles . En muchas casas existe una colección de Premios Planeta, probablemente comprados gracias a las excepcionales campañas de marketing de la editorial española que mejor se sabe vender. Yo he intentado leerlos casi todos y sólo llegué al punto y final en un mínimo porcentaje: La Tempestad, de Juan Manuel de Prada, La prueba del Laberinto, de Sánchez Dragó, Yo, el rey, de Vallejo Nájera (quizá alguno más que ahora no recuerdo) y, por último, La mirada del otro.
Lo que destaca, ante todo, es su prosa. Fernando G. Delgado mantiene durante toda la novela un nivel sublime de lenguaje. Es una delicia encontrarse, de vez en cuando, textos en los que la forma resulta tan excepcionalmente trabajada. Pero el contenido, además, no desmerece en absoluto.
El argumento gira en torno al diario de una ejecutiva que cuenta su compleja e inestable vida sentimental. Delgado analiza la vida de la burguesía madrileña, donde el personaje de la madre tradicional, viuda, católica, apostólica y romana, es retratado a la perfección. Una mujer preocupada constantemente por las apariencias, por mantener la, en teoría, impoluta imagen de su familia (algo que todos sabemos que resulta imposible porque, como dice el refrán, en todos sitios cuecen habas). La hija supone el ocaso definitivo de ese viejo mundo burgués, lo que provoca graves problemas de conciencia a la madre, preocupada, sobre todo, por el "qué dirán" de una hija, que con cuarenta años aun no se ha casado. Afortunadamente para su salud física y espiritual la anciana no conoce nada de su vida libertina, llena de amigos, rollos y amantes, sobre todo de más edad, algo casi enfermizo, por lo que necesita una terapia.
En definitiva, Delgado nos muestra una serie de aspectos fundamentales de la vida urbana contemporánea, en el que la mujer se ha incorporado al trabajo, suponiendo eso una inmensa ruptura con los tradicionales modelos sociales e implicando una mayor complejidad en las relaciones de pareja.


























Imprescindible para comprender la preponderancia cultural euroasiática durante milenios, expuesta magistralmente en su premiada Guns, Germs, and Steel: The Fates of Human Societies (sobre todo gérmenes, lo que anula la tesis racista hispánica), Jared Diamond concede una interesante entrevista a El País y es objeto de un análisis en el interesante blog papeles perdidos, donde comparan sus investigaciones -especialmente las de su obra Colapso- con la película Avatar y con los luctuosos acontecimientos acaecidos en Haití. La comparación entre lo sucedido en la Isla de Pascua y en Haití es aceptable pero yo no termino de ver lo que existe en común con la rentable película de James Cameron.


























El personalísimo mundo desarrollado por Murakami en Tokio Blues continúa en esta novela. A veces, incluso, da la impresión de que el protagonista de ésta es Toru, el de Tokio. Aún más, existe algo similar a otro triángulo amoroso, pero ahora no es un hombre el que nos cuenta su propia historia sino la de otra mujer, Sumire, de la que está perdidamente enamorado (Sumire, a su vez, se enamorará de otra mujer). Si partimos de la premisa de Murakami como traductor de Salinger la comparación Sumire-Holden es inevitable.
A quien no le haya gustado Tokio, tampoco disfrutará con Sputnik. Muchos podrán pensar que estamos ante otra dosis de simpleza en la de nuevo aparecen gatos. De nuevo el libro desprende esa melancolía y ese mundo angustioso pero real -que es el nuestro-. De Murakami me llama poderosamente la atención esa actitud de sus excéntricos personajes, que a menudo se conducen como perdidos por la vida de un modo inexplicable.





























Las relaciones sentimentales inevitablemente implican complejidad. El amor es lo más real y hermoso del mundo porque es inexplicable e irracional. Esa radical ansia de ciencia en la que está cayendo gran parte de la sociedad (y que acabaría, entre otras cosas, con la creación) es la antítesis de los sentimientos. Si cada ser humano es un mundo, aun más la combinación de dos personas; de dos universos. Y si las dos provienen de latitudes y longitudes tan diferentes, la historia es sumamente difícil -por no decir imposible-. Eso es precisamente lo que ocurre entre Clare y Henry. Por un lado, esta historia relata el amor como lo más cercano; por el otro, se nos introduce la ciencia ficción como un elemento narrativo de lo más real. El libro es honesto, no se esconde, porque desde el título nos resume y señala toda sus intenciones.
Uno de los principales aciertos es la forma en la que Audrey Niffenegger ha escogido abordar la narración. Una especie de diario en el que se nos detalla la época y las edades de cada protagonista, algo fundamental para seguir el hilo de la historia. La prosa es clara, utilizando el presente, lo que otorga una mayor sensación de realismo e inmediatez. Son abundantes las referencias musicales -puesto que Henry es un melómano empedernido- que, además, sirven para contextualizar en el tiempo la acción. Observamos las transformaciones de la música estadounidense, desde el punk hasta el grunge.
Los viajes en el tiempo han estado presentes en la literatura desde la obra del español, Enrique Gaspar, influenciado por las obras de Verne (aunque fue H. G. Wells quien los popularizó). Siempre recordaremos la excepcional trilogía Regreso al futuro de Zemeckis. Algunos queríamos ser como el travieso Marty McFly, con nuestras deportivas, nuestro monopatín y nuestros pantalones Levi´s Strauss, montados en el Delorean del chiflado y excepcional doctor Emmet Brown, mientras nuestra bonita novia nos esperaba en la hamaca del porche. (Por supuesto nosotros no teníamos ni un Delorean, ni una novia, ni una hamaca en el porche). En el fondo, como Henry y Marty McFly, todos viajamos en el tiempo, aunque sea hacia delante.




Mi guarida se construirá con los escombros de un edificio derrumbado
Pero lo pintaré de colores fosforescentes y pondré una música muy pero que muy pop
Me embriagaré del consumismo y me emborracharé con la superficialidad que despreciaba
Seré feliz o, al menos, Seré
Y cuando salga a la calle yA no me fijaré en las grietas de una ciudad decadente sino en los escaparates y en los maquillajes de los ojos de las chicas monas
Dejaré de leer poesías de desamor y de escuchar canciones de Quique González
Chic, cool, fashion, sofisticado. Un nuevo lenguaje
Un nuevo lugar en el mundo

Que El pianista es una de las mejores películas de este siglo, nadie lo duda. Alguien que posea un mínimo de sensibilidad no puede hacer otra cosa sino estremecerse con ese hombre sensible ante su terrible soledad y la barbarie del exterior. ¿Y qué? Hay cosas más allá del arte: la realidad, la verdad y la justicia, por ejemplo. Y escudarse en la genialidad de una persona para realizar un repugnante ejercicio de corporativismo es tan vomitivo como cruel con la víctima. Pero Roman Polanski debe ser alguien que se encuentra por encima del bien y del mal, y ser condenado -se declaró culpable- por haber violado a una niña de trece años no es suficiente para que los superiores miembros del lobi de los lobis, acepten las resoluciones judiciales, entre otras cosas, porque los delitos de pederastia en Estados Unidos y en Suiza no prescriben. De algunas personas me esperaba tal obscenidad; otros, a los que admiraba, me han causado una terrible decepción. Que se pongan en la piel de la víctima.

PD: afortunadamente -la humanidad todavía existe- me entero de que ese tipo honesto llamado Luc Besson ha declarado que está del lado de la justicia.
























La terciarización de la economía a mediados del siglo XX -que implicó la aparición de una numerosa clase media- condujo a la sustitución de las zonas fabriles en los extrarradios por oficinas en los CBD de las ciudades. El espacio de trabajo se convirtió en un entorno en el que predominaban los teléfonos, las moquetas y las viejas y enormes computadoras. Las relaciones personales, lógicamente, también sufrieron una gran transformación.
La aclamada serie británica Th Office trata de analizar de una manera irónica -como solamente los ingleses saben relatarlo- el comportamiento de un grupo de individuos durante sus horas de trabajo. La narración se acerca al documental y la cámara se mueve como si nos encontrásemos en un Gran Hermano del trabajo contemporáneo. Los protagonistas reflejan una realidad humana aceptable y creíble, donde la evidente exageración de los estereotipos nos conduce a una sonrisa más cercana a lo amargo que a lo puramente cómico.
A la espera de ver su versión estadounidense, podemos decir que The Office, a nuestro juicio, se sitúa en el más elevado escalafón de las series, compartiendo liderazgo con auténticos pesos pesados como Lost, Dexter o Hermanos de Sangre.
































A Follet siempre se le recordará por Los Pilares de la Tierra. Pero ése no es él. El mejor Follet -y el más criticado, también- es el de los espías. Pocos autores pueden construir tramas que encajan a la perfección y que consiguen el difícil objetivo de mantener una gran tensión durante toda la narración y no aburrir al lector (porque, a pesar de lo que muchos digan, ése debe ser el primer escalón a superar en toda obra de ficción).
Que Follet no haga alardes estéticos es algo que se debe respetar porque, algunas veces, la sencillez y el discurso directo es un ejercicio tan loable como otro.
La isla de las tormentas es una obra redonda. Un inteligente espía, un importante objetivo, una larga y tortuosa caza. Todo ello en el contexto del desembarco aliado en Francia durante la Segunda Guerra Mundial.
Absteniéndose de prejuicios estéticos e ínfulas sobrenaturales, seguro que nadie se aburrirá al leer al auténtico Follet, el de los espías.




























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Advertencia: Si no ha leído nunca a Murakami, abandone inmediatamente esta página, apague su ordenador y diríjase a la librería/biblioteca más cercana para hacerse con un ejemplar de este autor japonés.

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Tokio Blues es el retorno a una época clave en la vida de todo ser humano: el principio de la vida adulta (en este caso en un ambiente universitario). Tradicionalmente siempre se cree que la personalidad se configura en la adolescencia pero yo creo que esos años -cuando la legislación te considera mayor de edad- son fundamentales en toda persona. Murakami crea un mundo tan original como creíble mientras reflexiona sobre la vida, la muerte, el sexo o la depresión. El universo nipón se presenta ante nuestros ojos como esa compleja civilización en la que conviven las tradiciones orientales con la inevitable occidentalización. Es un libro hipnótico y, en algunos momentos, angustioso. En el aspecto formal Murakami emplea una prosa limpia y desprovista de barroquismo pero llena de referencias culturales, sobre todo musicales (de hecho el título original de la novela es Norwegian Wood, en honor a la canción de The Beatles. Nunca comprenderé por qué realizan esas modificaciones). Sus personajes y temáticas pueden ser repetitivos o estereotipados -aunque tal vez lo que realmente desprendan sea cotidianidad- pero cada línea posee una indudable fuerza literaria que nos impide dejar de leer.





















(Proyecto de Ledoux)

Parajes desiertos en la ciudad que me adormece
Mientras, diseño mi refugio
No
No hablaré más de ti porque no me quiero dañar

Al atardecer paseé por mi cercano pasado
Era casi tan verde como sus ojos


Pero ya soy otro
Pero ya no soy Tú, (que era lo que fui)


























Leo una noticia de Europa Press, recogida por 20 minutos, donde se señala que la OIE recomienda denominar gripe norteamericana (y no porcina) a la actual epidemia porque así se hizo con la española y con la asiática, debido a los orígenes geográficos. Corriendo el riesgo de ser reiterativos, ya dije que nada tuvo que ver España en el origen de la pandemia de 1918. Se nos atribuyó una especie de nueva leyenda negra porque, al permanecer aislados del conflicto bélico, nuestra prensa -cuando todavía había prensa- fue la que más se hizo eco del problema de salud mundial. El resto de países no podían permitirse una noticia así. Por eso lo de gripe española, nada que ver con los orígenes geográficos de la misma. Olé por los señores de la OIE, Europa Press y 20 minutos.

Observar un partido de la liga española de baloncesto cuando puedes disfrutar con otro de la NBA es un acto arriesgado. El único motivo que me lleva a estar a favor de la contemplación del nuestro frente al suyo es el puramente sentimental, pues todavía -no sé si por mucho tiempo- siento más cercano a Felipe Reyes que a Pau Gasol. Algo parecido me debería pasar con las series. Sin embargo, en éstas, al no existir el componente pasional que, sin duda, posee el deporte, las comparaciones resultan aún más odiosas. Quizá por eso prefiero ver a Jack en Lost que al inefable doctor Mateo (¿por qué no hablan con el acento del lugar donde se sitúa la acción?). Ha llegado un momento en que ya no me importa que el retrato de una isla misteriosa sea infinitamente menos cercano que el de un pueblecito asturiano. Me da lo mismo. Lo único que quiero es disfrutar frente a la pantalla.

Como si de la más conocida novela de Saramago se tratara, una letal epidemia, la gripe -esta vez porcina-, se extiende imparable entre México y Estados Unidos. Aunque sea controlada, más tarde o más temprano una pandemia -ésta u otra- afectará a todos los continentes.
En 1918, todavía en plena Primera Guerra Mundial, se produjo la conocida popularmente como Gripe Española. Aunque sus primeros casos se detectaron en Kansas (otros piensan que en Francia), se conoce como española porque nuestro país, que no participó en la contienda, fue en el que menos se censuró la noticia -tal vez un capítulo más de la Leyenda Negra-. En los otros, la guerra monopolizaba todas las informaciones. Si la Gran Guerra se caracterizó por algo más que su minuciosa planificación o la época de las trincheras, fue por su concepto global. A pesar de la creencia habitual de su exclusiva europeidad, lo cierto es que fue el primer conflicto mundial -global, se diría hoy-. Intervinieron treinta y dos estados y se combatió en África, el Pacífico o en las Malvinas. La extensión mundial del conflicto, gracias a los avances en los medios de transporte, condujo a la pandemia. Fallecieron, según estimaciones, entre 50 y 100 millones de personas, un cinco por ciento de la población mundial.
Ahora es el porcino, ayer el ave. Lo que está claro es que llegará.





Acabo de enterarme la noticia del fallecimiento de Antonio Pereira. Me he puesto a buscar, entre mis libros, su Cuentos del noroeste mágico. No lo encuentro. Hoy no podía ser de otra forma. Descanse en paz.