y cuando entre mis brazos resuenen cañonazos yo iré perdido entre tus dunas dejándolo todo, quemando los tronos donde reinen dudas, y báñate en mis ojos, que se joda el mar que quiera mecerte a su antojo, si no somos nadie a nadie va a encontrar, y si a las heridas quiere echarles sal solo va a encontrarse cerrojos y las cicatrices de la soledad

Que se joda el viento 

















A priori la idea de rodar un western español en Bolivia sobre el mítico forajido Butch Cassidy parece totalmente descabellada. Por desgracia, vivimos rodeados de clichés y de ideas apriorísticas que no hacen otra cosa que limitarnos. La sola mención de western y España en la misma frase nos remonta a los escalofriantes tiempos de spaghettis almerienses.
Mateo Gil tiene un sólido bagaje a sus espaldas. Le conocimos como guionista de Tesis y de Abre los ojos, que supusieron un soplo de aire fresco en el cine nacional y desde entonces ha sido un habitual de la filmografía española. Aquí respeta los cánones del género -tipos duros, caballos o trenes- pero le da un brillante toque personal. 
Es un filme por el que los responsables de turismo de Bolivia deberían de estar eternamente agradecidos. Tras ver Blackthorn, uno no no puede sino enamorarse de ese país y de sus contrastes, que rompen con el tópico boliviano. Uno se imagina el típico altiplano como escenario, pero al descubrir, por ejemplo, ese bestial desierto blanco queda totalmente sobrecogido. El Salar de Uyuni pasa, desde el momento en que entra en escena (como si fuera un personaje más), a formar parte del catálogo de lugares que uno desea -o debe- visitar. A pesar de un guión aceptable, efectivo, con un brillante giro narrativo al final, en Blackthorn es protagonista el paisaje: sobre todo la naturaleza de Bolivia pero también la naturaleza humana, que se refleja con inusitado realismo en las arrugas y en las canas de Sam Shepard
En definitiva, Blackthorn es un western español rodado en Bolivia cuyo personaje principal es Buth Cassidy. Y lo que pudo tener de idea descabellada resultó una buena película. 















Reynard Heydrich era un tipo feroz, el auténtico nazi. Ni Hitler ni Himmler representaban con tanta perfección el modelo ario como él. Era lógico que entre las SS se comentara lo siguiente: Himmlers Hirn heisst Heydrich. El cerebro de Himmler se llama Heydrich. A pesar de su expulsión de la marina, su carrera fue vertiginosa y su última tarea consistió en gobernar con mano de hierro Chequia bajo el eufemístico título de Protector de Bohemia y Moravia. Esa Praga ocupada es el marco donde se desarrolla la Operación Antropoide, que analiza Laurent Binet con una maestría narrativa abrumadora.
En esta página no recojo todo lo que leo pero sirve como recordatorio. Por eso al recontar los últimos libros que aparecen reseñados (basta con pinchar en la pestaña novela) y no encontrar una que me haya gustado más, me planteo seriamente si HHhH es la mejor novela que he leído en los últimos tiempos. Quizás desde Los enamoramientos de Marías (que aquí no aparece reseñada).
HHhH es otro ejemplo de este género que cada vez me gusta más y que me hace cuestionarme la cercanía del fin de la novela. Sigue el mismo camino de novelar la historia que ya comenté tras leer Anatomía. Pero Binet va un paso más allá que Cercas en Soldados de Salamina o Capote en A sangre fría. Aquí importan todos los detalles. Todos. No solamente se recoge la Operación Antropoide o el propio proceso de documentación, aquí se muestran hasta las obsesiones del escritor. Todos los planos merecen la misma consideración. Resulta muy valiente e interesante ese honesto desnudo del acto creativo. El detallismo en la investigación es obsesivo y brillante, enseñándonos hasta sus arrepentimientos, como si fuera un pintor.
Yo de lo que me arrepiento profundamente es de haber estado en Praga y desconocer esta tremenda historia. Ahora me duele no haber buscado la curva del atentado o las huellas de los paracaidistas en la iglesia de San Carlos Borromeo. Siempre nos damos cuenta de las carencias y de los errores a posteriori.
HHhH es un prodigio en estructura. En una obra tan heterodoxa el autor sabe crear la atmósfera perfecta para que nos interese todo lo que nos dice. Desde sus paranoias con la Segunda Guerra Mundial hasta su modo de desechar unos acontecimientos y decantarse por otros. ¿Cómo lo logra? Creo que la clave se encuentra en el ritmo de la aparición de esos excursus. Al principio abundan, pues lo importante para Binet es aclararnos lo que va a hacer con este libro. Nos advierte que esto no es una novela al uso y parece que lo minoritario es el atentado y lo dominante son esas disgresiones (algunas hasta aparentemente absurdas). Pero poco a poco la balanza cambia de lado y es la historia de los paracaidistas la que cobra protagonismo por encima del proceso de creación, completando este perfecto puzzle sobre la Operación Antropoide llamado HHhH.






















Acostumbrado al cuadro neoclásico, de sofá y pijama y de caballete en estudio, contemplar el Bernabéu desde dentro, desde el plenairismo, produce una sensación como de Monet. Impresión, sol naciente. Impresión, Bernabéu, lo denomino.
Si uno ha conocido los monumentos y espacios más representativos de la capital de España, ¿por qué no ha pisado jamás ese estadio, que además conlleva una fuerte carga emocional? Hay dos explicaciones. Una, muy de justificación, puede ser el destino. La otra, me la guardo.
Comenzó golpeando el Levante en la ya clásica falta de concentración inicial blanca que el Real Madrid no logró devolver hasta el final de la primera parte. CR7, CR7 y CR7.
Quizás no fue una simple casualidad que el ya mito Roberto Carlos hiciera el saque de honor en el mismo día que Cristiano realizaba ese golpeo descomunal. Quizás tampoco fue una simple casualidad que ese golazo significara el 4000 de la historia del Bernabéu. Quizás Ronaldo había esperado a la conjunción de tan memorables acontecimientos. 
Cristiano lo celebró con un ridículo saltito al alimón con Mou, luego diluido en una emotiva comunión grupal madridista. Porque el madridismo lo representan mejor los que están en el césped que los que están en la grada. Cerca de mí unos tipos comían pipas junto a una pancarta para que Los Manolos les sacaran en la Cuatro.
A Cristiano le cantó todo el estadio. A Mou no. El otro cántico común fue la negativa a que allí se jugara la final de Copa del Rey. Sólo eso: oda a Cristiano y un no a la Copa. El Santiago Bernabéu es un ente silente, desconcertante para el novato. Es un espacio sobrecogedor que sobrecoge aún más por la carencia de sonidos -sobrecogedor, Bernabéu. Impresión, Bernabéu-. Ese lugar es contradictorio, es una anomalía generadora de intrigas, es un teatro griego.
El Levante de JIM demostró su posición en la clasificación evitando la goleada humillante y marcando el tres a dos, dejando nuevamente al aire las vergüenzas de la defensa. El cuarto del Madrid lo hizo Benzemá, con mucha calidad. Poco a poco los aficionados comenzaron a marcharse hasta dejar casi el estadio vacío sin haber terminado el encuentro. Un encuentro que, más que con un resultado de cuatro a dos, finalizó con diez puntos de distancia sobre el segundo para, salvo catástrofe, conquistar el título. Un título tan impresionante como el Bernabéu.



























Amenazaba glaciación en Getafe. Tal vez la explicación se encuentre en esa propensión madrileña a exagerar con el tiempo -y el espacio-. Amenazaba con un traspiés que se traduciría en tormenta dominical antimourinhista en la prensa. Javier Marías ya tenía escrito lo suyo y no era cuestión de dejarlo sin publicar, pasara lo que pasara (pero quizás Diego lo guardó en un pendraiv o en el dropbox a la espera de ocasiones mejores). La calidad de imagen del estrimin era aceptable, mucho más que los comentarios de la ESPN que hablaban de una cosa llamada tiquitaca intelectual que no llegué a comprender.
La primera del Getafe casi entra, otra de esas acciones extrañas que tanto se dan en nuestros partidos y que nos remontan a tiempos más oscuros de los que casi nadie ya se acuerda. Desde entonces la amenaza se congeló. Un Xabi Alonso en manga corta hizo su mejor partido del año, lo que no es mucho pero al menos ya es algo. El tolosarra realizó la jugada del siglo, inventando una nueva suerte: logró desplazar el balón sin tocarlo. Özil sigue en el camino de convertirse en el mejor jugador de Europa. Y Ramos marcó.
Lo bueno del mourinhismo es que amenaza hasta a las amenazas. Estoy convencido de que este buen Getafe de Luis García nos hubiera ganado años atrás. El look del portugués cada día es menos british, menos del Armani o del Versace milanés y cada vez más portugués, como si fuera una premeditada metáfora del antiseñorío. Aparecía Mou en el Coliseo despeinado por el viento de Getafe, ataviado con un plumas, que le hacía más gordo. Habrá hasta quien piense que quiere benitizarse (benitizarse de Rafa Benítez, no de Goyo Benito) ahora que el ex Liverpool salió a la palestra como autofuturible.
Todo acabó con Granero, que no jugó más que los últimos minutos y que fue el último en salir del estadio porque le costó mear. Pasa hasta en las mejores familias. Supongo que entre trago y trago (de Isostar, Gatorade o hasta Red Bull, quién sabe) le dio tiempo a leer unos poemas. Como ese de Borges que habla del ajedrez -¿se podrá hacer tiquitaca intelectual en ajedrez?- y que a mí siempre me parece que habla de fútbol:


AJEDREZ
 I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
 II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?






















De la obra de Trueba yo solamente conocía su parte cinematográfica. Fue guionista de la entrañable Los peores años de nuestra vida y asumió la dirección en dos notables filmes: La buena vida (con una sublime interpretación de Luis Cuenca) y la adaptación de Soldados de Salamina (uno de mis libros favoritos, siendo capaz de mantener el tipo). 
Aquí Trueba pinta un cuadro realista de nuestra sociedad, con el paisaje madrileño en segundo plano, diseccionando asuntos como la integración de los inmigrantes, los entresijos del fútbol, las relaciones sentimentales, las diferencias intergeneracionales o el éxito. Pero sobre todo en este libro lo que se pintan son fracasos. Las cotidianas derrotas de los cuatro personajes que protagonizan la narración se plasman con una sobria normalidad que conduce a reflexionar si nuestra sociedad ha dado demasiado valor a todo lo que rodea la popularidad. Hasta el futbolista exitoso es un ser derrotado, hasta la tía buena de la clase es un ser derrotado. Etcétera. La original pincelada de Trueba -su lenguaje- es directa, punzante y sin artificialidad, acentuando el realismo del cuadro madrileño.
Dicen que Guardiola regaló la novela a Messi, pero no veo yo al astro argentino del Barça entrando solo al Prado -o al MNAC, en este caso- como hace Ariel Burano o regalando libros por los cumpleaños. De hecho, ni siquiera veo al bueno de Lionel Andrés leyendo ese tomo de quinientas páginas que le acaba de entregar Pep. Veo a Leo dejando el libro en el asiento trasero del coche, un libro que se olvida, hasta que alguien lo rescata (no es Messi, quizás una mujer) y lo comienza a devorar y le gusta mucho. Como a mí.












El otro día me pidieron de nuevo unas palabras para Yahoo! Eurosport (y compartí, con mucho orgullo, página con el gran @hugobonet):

Me ha costado mucho escribir esto. Mis lágrimas caen sobre las teclas del ordenador porque los madridistas estamos de luto. El entorno es lo que dice, ¿no? Da la impresión, por lo que leemos, escuchamos y vemos,  de habernos hundido en el lodazal tras unas últimas temporadas gloriosas. Parece que hemos sido los dominadores del panorama futbolístico y ahora nos encontramos en una situación límite.
Pues no, ¡claro que no! Estamos vivos y coleando en la Copa de Europa y con una ventaja sustancial en la Liga. Y con posibilidades de pasar de ronda en la Copa del Rey. Será un partido complejo y duro, ante un gran rival que se nos atraganta. Pero este equipo siempre se ha caracterizado por luchar hasta el final. Así que, como diría un viejo conocido:
"Me están embaucando a algunos de ustedes. Y eso es lo que no me gusta que los embauquen, que los engañen. O sea que... ¡Al loro! ¡Que no estamos tan mal, hombre!"
















Anatomía no es Salamina. Y es una pena porque se trata un buen libro, pero no de un excepcional libro. Suele ocurrir en nuestra vida que buscamos algo similar a lo que tuvimos, obteniendo como resultado algo, si bien no decepcionante, sí insatisfactorio. Yo fui buscando en esta obra lo que me fascinó entonces y no pude evitar quedarme con una amarga sensación. En Anatomía de un instante se  echa en falta ese fascinante proceso de investigación que el autor nos enseñaba con pelos y señales en Soldados de Salamina. Cercas aquí se limita a exponer, a relacionar y a conjeturar con su brillante pluma, probablemente la mejor del país en este género -ya tan suyo- que es novelar la realidad (aunque realmente aquí no novele tanto, a pesar de que este ensayo iba a ser una novela). Cercas se moja, no complace y rebusca los dobleces de la historia para mostrarla y comprenderla en un innegable acto de valentía narrativa. Porque quizás ha llegado el momento de ser valiente con el Golpe de Estado, quizás ha llegado el momento de reconocer que pocos fueron valientes aquel día, de hecho solamente tres diputados (quizás los más valientes y los que menos tenían que perder) permanecieron sentados en sus escaños, aunque lo normal (pero no lo valiente) sea tirarse al suelo.
La primera parte es bastante monótona, supongo que necesaria para contextualizar la compleja situación previa al 23 de febrero, pero luego mejora. Y mucho. Éste es un libro que va de menos a más, que nos va enganchando a medida que conocemos mejor el objeto de análisis (un objeto que pensábamos conocíamos bien hasta que leemos el libro). Incluso Cercas se sale del camino principal y avanza por senderos -en teoría secundarios- que poco tienen que ver inicialmente con la historia. Por ejemplo, se dedica a biografiar al sexteto que él considera protagonista: Milans del Bosch, Armada, Tejero, Carrillo, Gutiérrez-Mellado y Suárez (de hecho, es el mejor texto sobre Suárez que he leído en mi vida). Según Cercas hay una triple simetría, que se define por el odio entre ellos: el odio de Milans a Gutiérrez-Mellado, un militar ha traicionado al ejército de Franco; el odio de Tejero a Carrillo, un comunista perdedor de la Guerra que ahora se sienta en el Congreso; el odio de Armada a Suárez,  un tipo salido de la nada que le arrebató su papel de favorito del rey. Esos personajes, que entonces lo son todo y que hoy no pintan nada, articulan la narración, una narración ascendente que culmina con un pasaje sobre Cercas y su padre y su relación con el 23-F. Ese último estilo es el que a mí me hubiera gustado en el libro. Mezclar la realidad de Cercas con la realidad del 23-F para sumar esa especie de ficción realista o realidad ficcionada que nos había mostrado en Salamina. Pero Anatomía no es Salamina. E igual no tenía que serlo.


















Con los Héroes del Silencio no puedo ser totalmente objetivo, así que un libro sobre ellos ya parte con un par de goles de ventaja en el marcador. Pero es que, intentando distanciarme de la subjetividad, pienso que el libro es bueno. Directo y efectivo. Lo que escribe Raúl Sensato -jamás había escuchado su nombre- no se se trata una biografía al uso del grupo sino más bien un análisis del fenomeno de los Héroes en el que a veces, lógicamente, se recurre a su biografía.
Una de las claves de este recorrido es el de los críticos musicales. Jamás en la historia de la música española se ha atacado tanto a un grupo (y sobre todo a su líder) como se ofendió a los Héroes. Sensato pone sobre la mesa algo que comparto al cien por cien: la peor prensa de finales de los ochenta y comienzos de los noventa fue la musical. Mientras arreciaba por todas las revistas y radios esa crítica antibunbury (que se les había escapado a la prensa porque no supieron ver la magnitud del fenómeno) más y más gente se unía a esa causa del Silencio. Desde siniestros, huérfanos de mitos, hasta rockeros que querían algo más que ser felices con un camión, pasando por pijos de colegio de pago o niñas adolescentes que se enamoraban de Enrique. Y la prensa musical, salvo honrosas excepciones, a verlas venir. A la prensa sólo le quedaba una opción: empeñarse en meterse con ellos para no reconocer su error inicial. Pero cuantos más ataques se producían contra Bunbury, más gente se teñía el pelo de naranja, colgaba sus pósters en la pared o le imitaba bajo la ducha.
Por desgracia, esa actitud de prensa, cebándose con ellos, provocó que mucha gente ya partiera con prejuicios ante el grupo. Sobre todo el clásico jevi español, que escucha a Rosendo y cosas como "la casa iluminada espera que alguien entre" le deben parecer muy raras, y más si hay un crítico diciendo que son unos blandos. La otra tribu que les desprecia fundamentalmente son los indies, esos chicos tan alternativos y modernos que aparecen a principios de los noventa, cuando Héroes ya son los números uno en España, y no pueden asimilar sus gustos al resto del populacho. Cómo voy yo a escuchar lo mismo que mi vecino del quinto y que el del tercero, deben pensar. Yo, que vivo en el cuarto, tengo que buscarme otra cosa, a Los Planetas o La Buena Vida o algo así.
Aquel fenómeno de crítica que sucedió con Enrique Bunbury lo asemejo yo, salvando las enormes distancias, al fútbol actual. Si la peor prensa de entonces era la musical, ahora es la futbolística. Cuanto más se critica, por ejemplo, a Mourinho, más madridistas le apoyan. Ambos son seres extremos, odiados o amados, que se equivocan muchas veces, pero que, mientras la mayoría de la prensa les odia, aumentan sus seguidores.
El movimiento Héroes para Raúl Sensato es tremendamente original debido a la militancia zaragozana del grupo. El grupo español más internacional de todos los tiempos no necesitó instalar su cuartel general en Madrid para triunfar. El talento y la fuerza de la banda fue suficiente para el éxito. Que firmaban un primer contrato para un EP por el que se les obligaba a vender 5.000 copias para renovar, pues los zaragozanos colocaban 30.000 (sin apoyo de los 40 Principales ni de Madrid ni de nadie. Ni siquiera de la propia EMI que, como cuenta Sensato, les dejaba el estudio solamente de las dos a las seis de la mañana). Que España se les quedaba pequeña, pues furgoneta al canto y más de cien conciertos por Europa en antros cuando en aquí ya llenaban estadios. Que se les acusa de blandos, pues fichan al productor de Pink Floyd, Alice Cooper y de Kiss. La fórmula de Héroes fue muy  sencilla: a cada reto, una respuesta contundente.
El libro de Sensato es, pues, casi un análisis sociológico del movimiento, narrado de forma directa por alguien que lo vive desde dentro, desde esa Zaragoza que asiste orgullosa al que sus paisanos conquistan, con fuerza y talento, el estrellato del rocanrol.








Con la sed, camino
Con el barro, respiro
Las hojas del libro que me prestó
Las canciones grabadas en aquella cinta
El libro viejo
La cinta vieja

Las hojas sobre el barro

Dibujé con carbón y tierra un futuro incierto,
A veces escribí palabras en superficies tan rugosas como el pasado

La soledad en el camino






















Hace exactamente un año escribí esto en la Comunidad Twittera: El día que dejé de ser un niño. 

Exactamente hoy a las 13:25 hizo quince años que dejé de ser un niño. Por desgracia, no fue por culpa de una mujer (como yo había había imaginado, gracias a las engañosas enseñanzas de las series americanas) sino de una banda de malnacidos.
Aquel aciago veintidós de diciembre de 1995 nos dieron las vacaciones de Navidad. A priori, debían ser unas fiestas memorables. Con dieciséis años -en aquel ya extinto tercero de Bup-, crees que te vas a comer el mundo, piensas que esas fechas serán las últimas y opinas que debes exprimirlas a tope. Quizás simplemente deba de ser así.Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante, que diría Gil de Biedma.
En el recreo habíamos bebido champán y los curas nos dejaron salir antes de clase. Lógicamente, fuimos a celebrarlo; no nos había tocado la lotería pero ya éramos mayores. Hasta podíamos entrar en los pubs sin carné. Nos metimos en un pequeño y mítico bar con billar para continuar con aquella eterna mañana que prometía prolongarse hasta la noche.
Y, de repente, un ruido. Ese ruido. El Ruido. Y después, la incomprensión. Y más tarde, la indignación. Y el odio racional. El faulkneriano El Ruido y La Furia lo define a la perfección, pues la memoria es una zorra traicionera que miente; pero el dolor es real.
Supongo que entonces todos sentimos lo mismo: mis compañeros de partida de billar, la gente que se amontonaba en la plaza de la Estación de Matallana, aquellos que corrían calle de Renueva hacia arriba. Una bombona de butano, se rumoreaba. Llegamos a la confluencia entre las calles Ramón y Cajal y Renueva. Inmediatamente comprendimos que no, que aquello no era una bombona. Ante mis ojos, un Ford convertido en amasijo de hierros. Y, por desgracia, eso no era lo peor en de aquella escena dantesca. Ruido. Furia. Atentado. Asesinato. Puta mierda de vida. 

Hoy confieso por primera vez que, desde entonces, casi todos los años he vuelto a ese maldito lugar cada veintidós de diciembre. Miro a mi alrededor y ya no veo lo que mis ojos me muestran sino las escenas y los sentimientos de entonces, trasladándome a aquella mañana en que no sé si me hice un hombre, pero está claro que dejé de ser un niño.

Pd: yo sólo dejé de ser un niño, pero desgraciadamente, otros dejaron de ser hijos para convertirse en huérfanos.






















Hace aproximadamente un lustro descubrí al francés en La posibilidad de una isla y aquel encuentro concluyó con esa reconocible necesidad lectora de explorar más su obra que nos provocan los buenos autores. Recuerdo aquella novela como diferente, plagada de pasajes fascinantes que alternaban con otros tediosos. Pero no son más que recuerdos, así que no puedo afirmar rotundamente que la novela fuera así. Sin embargo, por esas cosas raras de la vida (aunque supongo que hablando de Houellebecq nada es casual), no me había tropezado de nuevo ante una novela del polémico escritor.
Aquí Houellebecq aborda demasiados temas como para dejarnos indiferentes. A medida que avanzan las páginas encontramos referencias a temáticas artísticas, a las relaciones personales o a la muerte. Lo mismo te habla del concepto de artesanía en William Morris (unas páginas gloriosas) que estudia las moscas o la relación entre la marca automovilística Mercedes y el bienestar, huyendo del canonicismo y lo políticamente correcto como de la peste y analizando la sociedad actual sin contemplaciones.
El protagonista, Jed, cargado de un desasosiego vital que asusta, nos conduce al planteamiento de demasiadas preguntas. A pesar de que ha triunfado profesionalmente (su padre también lo logró), y a pesar de que incluso ha pasado parte de su vida con una mujer bellísima e inteligente -la más guapa de París-, su recorrido vital es desalentador. Jed padece una discapacidad social que conduce a su aislamiento (no es una actitud bohemia sino su personalidad). Esto, desde su condición de artista, le permite contemplar la realidad del mundo de manera más objetiva.
Reconozco que llegué a un momento en el que percibí cierto agotamiento narrativo pero pronto se convirtió en un espejismo, resuelto mediante dos brillantes giros narrativos: las relaciones entre el ego y el alter ego del autor, así como la inesperada introducción de un género literario diferente, que provoca la ansiedad necesaria para desear conocer el final de la historia. Una historia completa.

 

Hoy no eres lo suficientemente cool si no estás a favor del libro electrónico. Algo similar a lo que sucede con el fútbol, donde si te declaras mourinhista pasas a formar parte de ese grupo de malditos herejes que se oponen a la ortodoxia reinante. La heterodoxia que supone amar al libro de toda la vida, ese que, además de leer, algunos olemos y tocamos -experiencia estética, más bien-, implica caer en el pecado mortal de lo retrógrado. Me gusta el libro como objeto. Como decía el otro día en el Twitter, jamás me dio por venerar a los discos de vinilo o a los cedés. En cuestiones musicales el formato siempre fue lo de menos para mí y, aunque haya supuesto una pérdida de la obra en favor de la canción, prefiero el formato digital. Tampoco me importa ver una película en el ordenador. Es más, lo prefiero al cine, ya que puedes pararlo y levantarte a mear o abrir la nevera y cortar unas rajas de salchichón. Sin embargo, me da miedo que desaparezca ese íntimo acto sensorial que sucede al leer una novela en papel.

Pd: igual me compro un Kindle.


western
cabalgaba hacia el horizonte
sueños y olvido
el tren fue asaltado
irlandeses que bailaban un género nuevo
escoceses que se apellidaban mac
y las pepitas de oro















Concluir sin discusión
Que las margaritas no florecen
Que ya no estamos
Y que no seremos

Exilio y verdad
Disciplina y vanidad
Para contemplar lo que me queda
Ojalá



















El otro día fueron los idus de marzo. Vi a Julio César caer por aquella conspiración en el Senado de Roma, y a Bruto asestándole la puñalada final. Como si de un viaje en el tiempo se tratara, Roma, la serie, ha revivido en mí nuevos deseos de profundizar en el pasado clásico. Apenas recordaba ya (debería avergonzarme, supongo) las figuras de Marco Antonio o de Pompeyo. Apenas recordaba cómo se cruzaba el Rubicón o la batalla de Mutina. Por supuesto, nos encontramos ante una serie y esto lleva implícito determinadas concesiones al género, pero HBO demuestra, una vez más, que sus productos son de una calidad excepcional. Una de esas concesiones es la presencia de los dos protagonistas, Tito Pulo, y Lucio Voreno (atención, inspirados en personajes reales, como bien señalan en historiaclasica.com pero que aquí son ficcionados), que llevan el peso de la serie y sirven de nexo entre las clases bajas y altas. Voreno y Pulo representan dos personalidades El guión es vibrante, lleno de conspiraciones, verdades y mentiras, y se complementa con una excepcional puesta en escena (por lo visto carísima, lo que condujo a la cancelación de la serie, a pesar de sus buenas audiencias). Roma, la serie, es en definitiva un documento imprescindible para disfrutar de la realidad ficcionada de ese colosal pasado que fue Roma, la historia.